La Dogmática del Silencio: El Éxtasis de ser un Altar de Cal

Para mi organismo, la fe nunca apareció como una creencia.

Apareció como una comparación.

Una comparación constante entre el ruido cotidiano y ciertos momentos de claridad que se negaban a desaparecer.

Durante mucho tiempo pensé que aquella claridad procedía del contexto.

De la habitación.

De los rituales.

De la espera.

Pero ahora ya no estoy seguro.

Porque incluso lejos de todo ello sigue apareciendo.

A veces camino por una calle llena de personas.

Los semáforos cambian.

Los escaparates brillan.

Los teléfonos suenan.

Y de repente siento una especie de distancia.

No física.

Mental.

Como si una parte de mí estuviera observando otra escena superpuesta sobre el presente.

Entonces recuerdo la habitación.

No los detalles importantes.

No las instrucciones.

No las palabras.

Recuerdo la quietud.

La forma en que el tiempo parecía condensarse.

La manera en que cada objeto ocupaba exactamente el lugar que debía ocupar.

Y sobre todo recuerdo aquella línea.

La tercera.

La separada.

La que permanecía sola cerca del marco superior de la puerta.

Sigue resultándome absurdo.

Podría olvidar conversaciones enteras.

Podría olvidar semanas completas.

Y sin embargo aquella línea continúa existiendo con una precisión imposible.

A veces me pregunto si la obsesión no gira alrededor del Amo.

Ni siquiera alrededor de la sumisión.

Quizá gira alrededor de aquella claridad.

Quizá gira alrededor de la sensación de que durante unos instantes todo parecía tener una forma definida.

Porque fuera de allí las cosas vuelven a fragmentarse.

Las decisiones regresan.

Las dudas regresan.

Las explicaciones regresan.

Y con ellas aparece una tristeza difícil de nombrar.

No una tristeza dramática.

No una tristeza aguda.

Algo más lento.

Más silencioso.

Como si una parte de la mente siguiera esperando el regreso de algo que no sabe describir.

Por eso la contradicción continúa creciendo.

Porque sigo despertando algunas mañanas con el mismo pensamiento.

No quiero ser sumiso.

No quiero pensar en esto.

No quiero que ocupe tanto espacio.

Y sin embargo la resistencia parece fortalecer aquello que intenta detener.

Como una corriente contenida detrás de una compuerta.

Cuanto más la empujo hacia abajo, más presión acumula.

Y cuando finalmente regresa, lo hace con más fuerza que antes.

No como una orden.

No como una necesidad.

Sino como una presencia.

Silenciosa.

Inmóvil.

Paciente.

Esperando en algún lugar de la memoria junto a una puerta, una habitación y una línea roja que nunca debió importar tanto.


Tengo que mover el cuello…