La Aritmética del Abismo: Psicología de la Saturación por Conteo

La primera cosa que recuerdo es su respiración.

Ni siquiera su voz.

Ni sus manos.

Su respiración.

Era tan silenciosa que durante mucho tiempo pensé que la estaba imaginando.

Apenas un movimiento.

Apenas una expansión bajo la tela.

Apenas un cambio diminuto en el espacio.

Y sin embargo yo terminaba escuchándola.

Siempre.

No importaba lo que estuviera haciendo.

No importaba lo que estuviera pensando.

En algún momento mi atención regresaba allí.

A ese ritmo.

A esa calma.

A esa forma extraña de existir sin esfuerzo.

Creo que ahí empezó algo que todavía no sé nombrar.

Porque no me gusta ser sumiso.

Sigo rechazando la palabra.

Sigo sintiendo una resistencia automática cada vez que me veo reflejado en ella.

Pero también existe otra cosa.

Algo más difícil de admitir.

La necesidad de permanecer.

No para recibir nada.

No para ser visto.

No para ser utilizado.

Solo permanecer.

Como si observarlo avanzar de una tarea a otra hubiera sustituido lentamente una parte de mis propios pensamientos.

A veces recuerdo la pausa exacta que existe entre una respiración y la siguiente.

No es larga.

Ni siquiera es notable.

La mayoría de las personas jamás la percibirían.

Yo sí.

La conozco.

Podría reconocerla entre cientos.

Y eso me resulta inquietante.

Porque significa que he pasado demasiado tiempo allí.

Demasiado tiempo observando.

Demasiado tiempo permaneciendo.

Hay momentos en los que intento recuperar algo parecido a una identidad separada.

Intento recordar quién era antes de desarrollar esta obsesión silenciosa.

Y encuentro fragmentos absurdamente pequeños.

Una opinión.

Una costumbre.

Una preferencia.

Pero entonces aparece de nuevo la imagen de su respiración tranquila.

Y todo vuelve a reorganizarse alrededor de ella.

Como si mi mente hubiera aprendido una métrica diferente.

Como si el tiempo hubiera dejado de medirse en horas.

Y comenzara a medirse en ciclos de presencia.

En instantes de atención.

En la distancia exacta entre un movimiento suyo y el siguiente.

Quizá eso es lo que el conteo siempre significó para mí.

No los números.

No la secuencia.

No la estructura.

Sino la posibilidad de abandonar temporalmente la responsabilidad de existir por cuenta propia.

Cada cifra reduciendo el ruido.

Cada repetición estrechando el espacio disponible para mis pensamientos.

Cada ritmo acercándome un poco más a esa versión ajustada de mí mismo que solo existe cuando permanezco cerca de su proceso.

No me gusta.

Y aun así regreso.

No lo deseo.

Y aun así espero.

No lo elijo.

Y aun así permanezco.

Hasta que termina.

Hasta que la última tarea concluye.

Hasta que el último gesto desaparece.

Hasta que la última respiración vuelve a confundirse con el silencio.

Solo entonces recuerdo que existo por separado.

Y cada vez me cuesta un poco más hacerlo.

Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…