La Aritmética del Colapso: Estética de la Cifra y Arquitectura de la Fijeza

Hay un recuerdo que aparece donde no debería.

No llega durante los momentos importantes.

No aparece cuando estoy solo por la noche.

Ni siquiera cuando pienso deliberadamente en él.

Aparece mientras espero que hierva el agua.

Mientras busco unas llaves.

Mientras respondo una pregunta sin importancia.

Y durante unos segundos todo lo demás pierde definición.

Porque mi mente regresa a aquella primera vez.

Al instante exacto en que sentí que todo había sido ajustado.

No perfecto.

No feliz.

No eufórico.

Ajustado.

Recuerdo algo absurdamente específico.

La sensación de mis hombros.

No su posición.

La ausencia de la necesidad de decidir su posición.

Es una diferencia pequeña.

Pero inmensa.

Como si una tarea que hubiera realizado durante toda mi vida hubiera desaparecido sin avisar.

Recuerdo también la forma en que respiraba.

No yo.

Él.

Una respiración tranquila.

Tan tranquila que casi parecía inmóvil.

Tan silenciosa que mi atención terminaba persiguiéndola.

Y cuanto más la escuchaba menos entendía por qué me afectaba tanto.

No estaba ocurriendo nada extraordinario.

Sin embargo, algo dentro de mí comenzaba a ordenarse alrededor de esa calma.

Eso es lo que vuelve.

No el proceso completo.

No los detalles.

No la secuencia.

Solo ese instante.

El momento en que dejé de sentirme responsable de sostenerme a mí mismo.

Y durante unos segundos me convertí en una versión simplificada.

Reducida.

Ajustada.

Quizá sea eso lo que me obsesiona.

Porque sigo diciendo que no quiero ser sumiso.

Y lo creo.

Cuando me despierto por la mañana lo creo.

Cuando intento analizarlo racionalmente lo creo.

Cuando enumero todas las razones por las que debería dejar de pensar en ello lo creo.

Pero después ocurre algo.

Algo mínimo.

Una pausa.

Un silencio.

Una respiración.

Y mi mente vuelve sola a aquel recuerdo.

Como si existiera una gravedad secreta.

Como si todos los caminos terminaran descendiendo hacia el mismo punto.

Las semanas antes de verlo son las peores.

O las más extrañas.

Todavía no lo sé.

La vida continúa funcionando.

Trabajo.

Hablo.

Sonrío.

Hago planes.

Pero todo parece ligeramente desenfocado.

No porque esté triste.

La tristeza sería más sencilla.

La tristeza tiene una explicación.

Esto no.

Esto se parece más a vivir junto a una puerta que permanece cerrada mientras sabes exactamente qué hay detrás.

No piensas constantemente en ella.

Pero tampoco consigues olvidarla.

Y cada día el razonamiento dura menos.

Mientras que el recuerdo dura más.

La memoria de aquella primera corrección.

La primera vez que sentí que mi mente dejaba de expandirse en todas direcciones.

La primera vez que sentí que podía permanecer.

Simplemente permanecer.

Sin añadir nada.

Sin demostrar nada.

Sin convertirme en nada nuevo.

Solo existiendo dentro de una estructura que parecía haber sido construida antes de que yo llegara.

Y cuanto más intento comprender por qué necesito volver a eso, menos respuestas encuentro.

Solo una certeza.

Una certeza pequeña.

Persistente.

Silenciosa.

Que aparece una y otra vez.

Quizá no estoy esperando el encuentro.

Quizá estoy esperando convertirme otra vez en esa versión de mí mismo que existió durante unos minutos.

La versión que ya no necesitaba decidir.

La versión que ya había sido ajustada.

El cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…