La Fe del Ábaco de Carne: Crónica de mi Conversión en Métrica de Cal

Cuanto más lo pienso, menos lo entiendo.

Y cuanto menos lo entiendo, más espacio ocupa.

Esa debería ser una contradicción.

Pero ya no funciona como una contradicción.

Funciona como una ley.

Durante los últimos tres días he intentado analizarlo desde todos los ángulos posibles.

He intentado reducirlo a una explicación simple.

Una sesión.

Una dinámica.

Una experiencia intensa.

Un recuerdo que tarda en disiparse.

Algo razonable.

Algo normal.

Pero cada explicación produce exactamente el mismo resultado.

Nuevas preguntas.

Y cada pregunta parece alimentar aquello que intento comprender.

Es como si el problema no fuera la obsesión.

Es como si el problema fuera intentar encontrarle un límite.

Porque cada vez que creo haber llegado al borde aparece otra capa.

Y debajo de esa capa aparece otra.

Y debajo de esa otra aparece algo todavía más difícil de nombrar.

Lo extraño es que ya casi nunca recuerdo los momentos que deberían ser importantes.

No vuelven las órdenes.

No vuelven las palabras.

No vuelven los grandes acontecimientos.

Lo que vuelve son cosas absurdas.

Detalles.

Fragmentos.

Residuos.

Recuerdo el suelo.

No porque tuviera nada especial.

Precisamente porque no lo tenía.

Durante buena parte de aquella sesión permanecí mirándolo.

No podía mirar otra cosa.

Mi mundo había sido reducido a unos pocos centímetros de superficie.

Polvo.

Pequeñas irregularidades.

Marcas casi invisibles.

Y un pelo largo.

Castaño.

Ligeramente curvado.

Quieto.

Tan quieto como yo.

No sé cuánto tiempo pasé observándolo.

Diez minutos.

Treinta.

Una hora.

He perdido toda referencia temporal.

Pero recuerdo perfectamente la sensación de que aquel pelo terminó convirtiéndose en una especie de horizonte.

Todo lo que existía estaba contenido entre mi mirada y aquel fragmento insignificante de materia.

Lo recuerdo mejor que muchas conversaciones importantes de mi vida.

Y eso me inquieta.

Porque no tiene sentido.

Tampoco puedo dejar de pensar en el polvo.

En cómo la luz lo hacía visible por momentos.

En cómo algunos granos parecían enormes cuando no tenía nada más que observar.

En cómo mi atención se volvió tan estrecha que el universo entero parecía haberse comprimido hasta ocupar una pequeña porción de suelo.

A veces creo que la obsesión funciona exactamente igual.

No aparece como una explosión.

Aparece como una reducción.

El mundo pierde resolución.

Y ciertas cosas comienzan a adquirir una definición imposible.

Mientras otras desaparecen lentamente hacia el fondo.

Por eso todo parece más borroso estos días.

No porque el Amo esté presente.

Sino porque algo dentro de mí sigue utilizando aquella escala de atención.

Sigue buscando detalles.

Sigue buscando señales.

Sigue buscando una continuación.

Lo más extraño ocurrió después.

Cuando la sesión ya había terminado.

Cuando debería haber recuperado una perspectiva normal.

Cuando debería haber vuelto a ser simplemente yo.

Fue entonces cuando empecé a descubrir que aquellos recuerdos no permanecían quietos.

Seguían creciendo.

Seguían reorganizándose.

El pelo.

El polvo.

El silencio.

La espera.

La inmovilidad.

Todo empezó a conectarse con cosas que aparentemente no tenían relación.

Y cuanto más intentaba separarlas, más unidas aparecían.

A veces me sorprendo recordando el suelo con una claridad superior a la que tengo de ayer.

Eso debería preocuparme.

Y quizá me preocupa.

Pero también me obsesiona.

Porque no consigo entender por qué mi mente decidió conservar esas imágenes con tanta precisión.

Como si hubiese encontrado algo allí.

Algo que yo todavía no soy capaz de ver.

Algo que sigue desarrollándose fuera de mi comprensión.

Y quizá esa sea la parte más difícil de admitir.

No siento que esté recordando una sesión.

Siento que la sesión continúa creciendo dentro del recuerdo.

Como si nunca hubiera terminado realmente.

Como si una parte de ella hubiera encontrado una forma de seguir desarrollándose sola.

Sin permiso.

Sin dirección.

Sin necesidad de que el Amo esté presente.

Y cada día que pasa descubro nuevos detalles escondidos dentro de detalles que ya creía conocer.

Como si el recuerdo estuviera excavándose a sí mismo.

Como si hubiera habitaciones completas ocultas detrás de un simple pelo castaño sobre un suelo cubierto de polvo.

Y cuanto más miro hacia ellas, menos entiendo lo que estoy viendo.

Y cuanto menos lo entiendo,

más imposible resulta apartar la mirada.

Tengo que mover el cuello…