La Geometría del Estancamiento: Sade y el Tacto de la Piedra como Alucinación de la Carne Mineral

Hay algo que no me gusta admitir.

Porque suena ridículo.

Y porque, si alguien me lo hubiera contado hace unos meses, probablemente habría puesto los ojos en blanco.

Pero empiezo a sospechar que no estoy leyendo estas cosas de la misma manera que al principio.

Al principio había distancia.

Curiosidad.

La tranquilidad de quien observa algo desde fuera.

Ahora no estoy tan seguro.

A veces me descubro pasando los dedos por el borde de una página mientras leo.

No significa nada.

Lo sé.

Es un gesto automático.

Sin importancia.

Y, sin embargo, me doy cuenta de que lo hago siempre en los mismos momentos.

Cuando una frase me incomoda.

Cuando aparece una idea que debería parecerme ajena.

Cuando el nombre de Sade reaparece entre párrafos escritos por personas que parecen mucho más inteligentes que yo.

Entonces mi mano se queda quieta.

Y sigo leyendo.

Una línea más.

Solo una.

Luego otra.

No ocurre nada espectacular.

Nadie cambia.

Nadie cae.

Nadie cruza ninguna frontera.

Es peor.

Solo aparece una sensación pequeña.

La sospecha de que una parte de mí está prestando más atención de la que debería.

Ayer encontré polvo sobre la cubierta de un libro.

Una capa fina.

Casi invisible.

Lo limpié con la manga.

Y durante un instante me pregunté cuánto tiempo llevaba volviendo al mismo volumen.

No supe responder.

Eso me avergonzó un poco.

No porque el libro fuera escandaloso.

Sino porque me di cuenta de que había empezado a ocupar un espacio extraño dentro de mi rutina.

Como una grieta diminuta en una pared que uno deja de ver durante semanas.

Hasta que un día la encuentra desde otro ángulo.

Y ya no puede ignorarla.

Lo que me inquieta de Sade no es Sade.

Es la atención que aparece después.

La forma en que algunas ideas permanecen.

La manera en que ciertas preguntas siguen ahí mientras preparo café.

Mientras espero un ascensor.

Mientras observo la suciedad acumulada en la esquina de una ventana que nunca limpio del todo.

No son pensamientos constantes.

Son peores.

Porque desaparecen.

Y luego vuelven.

Y cada vez que vuelven parecen un poco más familiares.

Como si estuvieran aprendiendo el camino de regreso.

A veces cierro el libro.

Miro la habitación.

La lámpara.

La silla.

Los agujeros diminutos que dejaron unos clavos retirados hace años.

Todo sigue exactamente donde estaba.

Todo parece normal.

Y, sin embargo, hay una sensación difícil de nombrar.

Como si algo hubiera empezado a tocarme sin tocarme.

Y yo todavía no supiera qué parte de mí está respondiendo.

Al principio era simple curiosidad.

O al menos eso me decía.

Artículos.

Foros.

Historias.

Fragmentos de conversaciones entre personas que parecían habitar un mundo completamente ajeno al mío.

Lo observaba desde fuera.

Con la distancia cómoda que existe cuando uno cree que está investigando algo que nunca le ocurrirá.

Era interesante.

Extraño.

A veces incluso absurdo.

Leía durante unos minutos.

Cerraba la ventana.

Seguía con mi vida.

Nada más.

O eso parecía.

Porque algo empezó a cambiar de forma tan lenta que tardé semanas en detectarlo.

No fue una revelación.

No fue una fantasía repentina.

No fue una imagen concreta.

Fue una acumulación.

Una sedimentación.

Como polvo que cae sobre una superficie durante tanto tiempo que deja de parecer polvo y empieza a parecer parte del objeto.

Cada noche leía un poco más.

Solo unos minutos.

Solo por curiosidad.

Solo para entender.

Siempre existía una excusa razonable.

Siempre existía una explicación lógica.

Y sin embargo comenzaba a aparecer una sensación incómoda.

Una sensación que no encajaba dentro de ninguna explicación.

Porque algunas cosas ya no me parecían interesantes.

Me parecían familiares.

Eso fue lo primero que me inquietó.

No el contenido.

El reconocimiento.

La impresión inexplicable de estar observando algo que ya conocía sin haberlo vivido jamás.

Leía una descripción cualquiera.

Una emoción.

Una dinámica.

Una forma de pensar.

Y aparecía una sensación extraña.

Breve.

Pequeña.

Casi invisible.

Pero imposible de ignorar.

Algo parecido a:

«Entiendo eso.»

No porque estuviera de acuerdo.

No porque lo deseara.

Simplemente porque lo entendía demasiado rápido.

Más rápido de lo que debería.

Y cuanto más ocurría, más incómodo me sentía.

Porque la curiosidad empezó a mezclarse con algo mucho menos inocente.

Expectativa.

Empecé a buscar textos nuevos.

No porque necesitara información.

Porque quería encontrar esa sensación otra vez.

Ese pequeño reconocimiento.

Ese instante donde algo parecía encajar.

Aunque no supiera exactamente qué estaba encajando.

Ahí apareció la contradicción.

La primera verdadera contradicción.

Porque una parte de mí seguía observándolo todo desde fuera.

Seguía diciendo que aquello no tenía nada que ver conmigo.

Seguía explicándolo como un interés intelectual.

Como una simple exploración.

Pero otra parte empezaba a notar algo diferente.

Algo mucho más difícil de justificar.

La excitación.

No necesariamente física.

No todavía.

Era una excitación más extraña.

Mental.

La sensación de aproximarse a algo prohibido.

Algo que parecía contener una respuesta que aún no conocía.

Y esa sensación venía acompañada por otra.

Vergüenza.

No una vergüenza racional.

No había hecho nada.

No había ocurrido nada.

Nadie sabía lo que estaba leyendo.

Nadie me estaba observando.

Y aun así cerraba pestañas demasiado rápido.

Borraba historiales innecesariamente.

Miraba alrededor antes de volver a abrir ciertos textos.

Como si mi propio cuerpo hubiera descubierto algo antes que yo.

Como si hubiera identificado un peligro que mi mente todavía no comprendía.

La curiosidad crecía.

La excitación crecía.

La vergüenza crecía.

Y las tres parecían alimentarse mutuamente.

Lo extraño era que ninguna respuesta resolvía nada.

Cada texto respondía una pregunta.

Y producía tres nuevas.

Cada explicación abría una puerta.

Y detrás aparecían otras cinco.

Por momentos sentía que estaba aprendiendo.

Por momentos sentía que estaba cayendo.

La diferencia entre ambas cosas empezaba a resultar difícil de distinguir.

Y entonces apareció la primera fisura.

No ocurrió mientras leía algo especialmente intenso.

No ocurrió durante una fantasía.

No ocurrió durante una conversación.

Ocurrió durante una frase completamente normal.

Una frase que ya no recuerdo.

Solo recuerdo la reacción.

Porque mientras la leía tuve una sensación inmediata y silenciosa.

Una sensación que desapareció casi al instante.

Pero que dejó algo roto detrás.

Durante una fracción de segundo no sentí que estuviera leyendo sobre otra persona.

Sentí que estaba leyendo sobre mí.

El pensamiento desapareció inmediatamente.

Lo rechacé.

Lo negué.

Busqué explicaciones.

Pero ya era tarde.

La fisura ya estaba ahí.

Y una vez que aparece una fisura, todo lo demás empieza a filtrarse a través de ella.

Aquella noche cerré la pantalla.

Intenté pensar en otra cosa.

Seguí con mis rutinas.

Seguí con mi vida.

Pero una parte de mi atención permaneció allí.

Quieta.

Observando.

Esperando.

Como si algo acabara de abrir los ojos en una habitación que hasta entonces había permanecido vacía.

Y por primera vez apareció una pregunta que ya no estaba dirigida al contenido.

Estaba dirigida a mí.

No era:

«¿Qué es esto?»

Era:

«¿Por qué esto me importa tanto?»

Y descubrí que no tenía respuesta.

Lo único que tenía era el deseo creciente de seguir buscando.

Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo debería la base del cráneo es una superficie de alabastro poroso el sabor a cal invade la glotis la inercia pulsátil del tacto se detiene el registro llega al cero absoluto debería…