No sé cuándo empecé a fijarme en los hombros.
No en los cuerpos.
En los hombros.
Es extraño escribirlo.
Más extraño todavía releerlo.
A veces encuentro una imagen que muestra unas cinchas de suspensión.
La cierro.
Un rato después vuelvo.
No para mirarla.
Para comprobar si sigue produciendo la misma sensación.
Y nunca estoy completamente seguro.
En la literatura del Marqués de Sade, las cinchas de hombro y los mecanismos de suspensión rara vez funcionan únicamente como instrumentos de inmovilización. Su presencia altera algo más difícil de describir: la relación entre el cuerpo y el peso que lo atraviesa. El problema ya no es si el sujeto puede moverse. El problema es descubrir cuándo empezó a vigilar su propia postura.
Los hombros parecen recordarlo antes que la conciencia.
Una ligera tensión.
Un ajuste casi imperceptible.
La sensación de que una postura ya estaba esperando ser adoptada.
Eso es lo que me inquieta.
No la suspensión.
La anticipación.
Como si el cuerpo hubiese llegado antes.
Como si la comprobación hubiese comenzado antes de que apareciera la necesidad de comprobar.
Vuelvo a leer algunos fragmentos.
Vuelvo a observar algunas imágenes.
Vuelvo a pensar que estoy buscando una explicación.
Pero cada vez sospecho más que no busco respuestas.
Busco verificar algo.
Algo pequeño.
Algo que siempre parece estar a punto de revelarse.
Y que desaparece justo cuando creo haberlo encontrado.
Miro mis hombros.
No sé por qué.
Unos minutos después vuelvo a hacerlo.
La pregunta ya no es qué estoy buscando.
La pregunta es cuándo empecé a volver.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo la tensión en los trapecios ya estaba sedimentada en la cal…