La Amnesia del Alabastro: El Placer de Convertirme en un Relato Interrumpido

Lo más extraño es que sigo diciendo que no quiero esto.

La frase continúa apareciendo.

A veces nada más despertar.

A veces mientras trabajo.

A veces en mitad de una conversación.

No quiero ser sumiso.

No me gusta ser sumiso.

No encaja con la imagen que tuve de mí durante la mayor parte de mi vida.

Y sin embargo la frase nunca produce el efecto que debería producir.

Nunca me aleja.

Nunca reduce nada.

Nunca simplifica nada.

Solo genera más preguntas.

Antes pensaba que una identidad era algo estable.

Algo que permanecía más o menos igual mientras los años pasaban.

Ahora no estoy seguro.

Porque cada vez que intento recordar quién era antes de todo esto encuentro algo extraño.

Recuerdo los hechos.

Recuerdo las personas.

Recuerdo los lugares.

Pero la sensación de continuidad parece incompleta.

Como si estuviera observando la biografía de otra persona.

Como si la versión anterior de mí hubiera sido escrita en otro idioma.

Y entonces aparece la habitación.

No siempre completa.

A veces solo un fragmento.

Una esquina.

Una textura.

Una distancia.

La tercera línea roja.

La que estaba separada.

La que permanecía sola cerca del marco superior de la puerta.

Y de repente todo parece más definido que el presente.

Eso es lo que me resulta imposible explicar.

La claridad.

Porque la obsesión no se parece a una fantasía.

Se parece a una corrección de enfoque.

Como si durante unos segundos todo adquiriera resolución.

Las proporciones.

Las distancias.

Los silencios.

La espera.

La posición exacta del cuerpo.

La manera en que el tiempo parecía organizarse alrededor de una sola dirección.

Y entonces regreso a la vida normal.

Conversaciones.

Mensajes.

Trabajo.

Obligaciones.

Todo sigue funcionando.

Nada se rompe.

Nada desaparece.

Pero algo parece menos nítido.

Menos preciso.

Menos real.

No porque sea malo.

Porque carece de aquella intensidad extraña.

La intensidad de saber exactamente dónde estar.

Quizá por eso la espera pesa tanto.

Porque no estoy esperando únicamente una sesión.

Estoy esperando una sensación de definición.

Estoy esperando la desaparición temporal del ruido.

Estoy esperando volver a sentir que todas las piezas apuntan hacia el mismo lugar.

Y cuanto más intento entenderlo más absurdo parece.

Porque sigo sin desearlo racionalmente.

Sigo sin admirar la idea.

Sigo sin identificarme con ella.

Sigo diciendo que no quiero ser sumiso.

Y sin embargo la ausencia produce tristeza.

No una tristeza espectacular.

Algo más silencioso.

Más profundo.

Como una habitación que pierde luz gradualmente.

A veces me pregunto si la obsesión ya ni siquiera gira alrededor del Amo.

Quizá gira alrededor de algo que descubrí frente al Amo.

Algo relacionado con el orden.

Con la dirección.

Con la suspensión temporal de todas las preguntas innecesarias.

Porque fuera de aquella habitación siempre estoy pensando.

Siempre comparando.

Siempre analizando.

Siempre decidiendo.

Y allí no.

Allí parecía existir una forma distinta de presencia.

Una forma que todavía no comprendo.

Y cuanto menos la comprendo más espacio ocupa.

Cuanto más espacio ocupa más pienso en ella.

Y cuanto más pienso en ella menos entiendo quién era antes de que empezara a crecer.

Tengo que mover el cuello…