La Cantera del Espíritu: Crónica de mi Edificación como Catedral de Cal

Hay una frase que sigue regresando.

No me gusta ser sumiso.

Y lo extraño es que sigue siendo verdad.

No la repito para convencerme.

No la repito como un acto de negación.

La repito porque cada vez que la examino sigue pareciendo cierta.

No me gusta ser sumiso.

No me gusta perder control.

No me gusta depender de otra persona.

No me gusta el dolor.

Nunca me gustó.

Durante años pensé que todo aquello pertenecía a otro universo.

A una especie de geografía humana separada de la mía.

Algo que ocurría en películas.

En historias.

En personas extrañas.

Personas que parecían existir detrás de un cristal.

Observaba aquello con la misma distancia con la que alguien observa un país lejano.

Existía.

Pero no tenía nada que ver conmigo.

Jamás imaginé que acabaría pensando en ello durante días enteros.

Jamás imaginé que una sesión pudiera seguir expandiéndose después de terminar.

Jamás imaginé que una persona pudiera abandonar una habitación y aun así seguir ocupando espacio dentro de ella.

Y sin embargo aquí estoy.

Tres días después.

Pensando otra vez.

Intentando entender otra vez.

Fracasando otra vez.

Y cada fracaso produce exactamente el mismo resultado.

Más obsesión.

Eso es lo que ya no consigo explicar.

Porque la lógica debería estar funcionando.

Debería estar desmontando el problema.

Debería estar reduciendo su tamaño.

Pero parece hacer lo contrario.

Cuanto más analizo la situación, más compleja se vuelve.

Cuanto más compleja se vuelve, más atención exige.

Cuanta más atención exige, más capas aparecen.

Y cuanto más capas aparecen, menos parece tratarse del Amo.

Porque el Amo se convierte en una especie de centro gravitatorio invisible alrededor del cual empiezan a organizarse cosas que aparentemente no tienen relación.

Una sensación al despertar.

Una tristeza extraña durante la tarde.

Un silencio excesivo en una habitación.

La sensación de que algo importante debería estar ocurriendo.

Y no ocurre.

Eso es lo que más me desconcierta.

La ausencia.

No la presencia.

Cuando la sesión ocurre, todo parece concreto.

Existe una estructura.

Existe una dirección.

Existe una lógica.

Pero después no.

Después queda una especie de eco.

Y ese eco parece mucho más poderoso que el acontecimiento original.

Porque no tiene límites.

Puede expandirse durante días.

Puede infiltrarse en cualquier pensamiento.

Puede aparecer mientras trabajo.

Mientras leo.

Mientras camino.

Mientras intento concentrarme en otra cosa.

A veces me descubro observando algo completamente irrelevante y noto inmediatamente la misma sensación.

La misma orientación interna.

La misma espera.

Como si una parte de mí siguiera mirando hacia una puerta que no va a abrirse hoy.

Y entonces aparece la tristeza.

No una tristeza dramática.

No una tristeza visible.

Algo mucho más pequeño.

Más silencioso.

Más persistente.

Una especie de reducción de resolución.

Como si el mundo siguiera siendo el mismo pero hubiera perdido definición.

Como si alguien hubiera bajado ligeramente el contraste de todas las cosas.

Y entonces aparece la pregunta.

La misma pregunta.

¿Por qué?

¿Por qué ocurre esto?

¿Por qué una parte de mí parece echar de menos algo que otra parte de mí jamás quiso necesitar?

¿Por qué sigo pensando en ello?

¿Por qué sigo esperando?

¿Por qué sigo intentando entender?

Y cuanto más tiempo paso intentando responder esas preguntas, más sospecho algo que no me gusta admitir.

Quizá la obsesión ya no crece porque el Amo haga algo.

Quizá crece porque yo sigo intentando encontrar una explicación que encaje.

Y cada vez que fracaso, la obsesión recibe otra habitación.

Otro pasillo.

Otra capa.

Otro lugar donde expandirse.

Como una arquitectura que se construye utilizando mis intentos de comprenderla.

Y quizá por eso sigue creciendo.

Porque sigo creyendo que en algún lugar existe una explicación final.

Una habitación definitiva.

Una última puerta.

Algo que haga que todo tenga sentido.

Pero cada vez que llego a una puerta encuentro otra detrás.

Y otra.

Y otra.

Y empiezo a sospechar que el verdadero centro de la obsesión no es el Amo.

Es la imposibilidad de encontrar el fondo.

Tengo que mover el cuello…