El Compás de la Carne: Sade y la Geometría del Placer como la Inscripción del Ángulo en el Tejido

No me doy cuenta de cuándo empiezo a pensar en el cuerpo así.

Solo ocurre.

Como si la mirada cambiara de densidad sin avisar.

Estoy sentado.

No hay nada especialmente distinto en la habitación.

La luz viene de un ángulo fijo.

Y sin embargo noto algo extraño en la forma en que registro lo que veo.

No es atención.

Es ajuste.

Pequeños ajustes que no decido.

La postura cambia un poco sin razón clara.

El aire parece más cercano de lo normal, aunque sé que no se ha movido.

Hay un instante en el que todo se vuelve demasiado legible.

Demasiado alineado.

Y en ese punto ya no sé si estoy viendo o midiendo.

Sade no aparece como idea al principio.

Aparece después.

Cuando me doy cuenta de que ya no puedo dejar lo que veo sin ordenarlo de alguna forma.

Pero ese orden no es teórico.

Es físico.

Llega en el mismo gesto con el que me quedo mirando un poco más de lo necesario.

No hay decisión.

Solo continuidad.

Y en esa continuidad el cuerpo empieza a comportarse como si ya supiera algo antes que yo.

Un leve endurecimiento de la postura.

Una pausa demasiado larga antes de mover la mano.

Un retorno mínimo a la misma posición de observación.

No hay dramatismo.

Solo repetición silenciosa.

Y esa repetición tiene algo extraño.

No se siente mental.

Se siente estructural, pero dentro del cuerpo.

Como si algo se estuviera alineando solo.

Sin que yo lo pida.

No hay geometría explícita.

Pero hay dirección.

Y la dirección no viene como pensamiento.

Viene como sensación de encaje.

De que ciertas posiciones son más posibles que otras sin que nadie lo haya decidido.

Me descubro sosteniendo la mirada en un punto fijo sin haberlo elegido del todo.

Y cuando intento soltarlo, no hay resistencia.

Solo inercia.

Sade está ahí, pero no como teoría.

Más bien como ese momento en el que ya no puedo fingir que la mirada es inocente.

No porque haya algo explícito delante.

Sino porque la forma en que lo sostengo ya no es neutra.

Y lo inquietante no es lo que veo.

Es que la forma de verlo ya no vuelve atrás fácilmente.

No se rompe.

Solo se mantiene un poco más de lo necesario.

El ángulo no encaja del todo en mi brazo.

Lo noto antes de pensarlo.

Hay una tensión mínima, casi ridícula, pero no desaparece cuando intento corregirla.

Solo cambia de sitio.

Después me doy cuenta de que llevo demasiado tiempo en la misma posición.

La piel en contacto con la mesa está más fría de lo esperado.

No sé cuándo ha empezado exactamente esto.

Solo sé que ya está en marcha.

Y que no lo he decidido.


El móvil está boca abajo.

No recuerdo haberlo dejado así, pero está boca abajo.

La pantalla sigue encendida por debajo, iluminando el borde de la mesa como si insistiera desde dentro.

No lo miro.

Pero lo siento.

Y eso es suficiente para que no desaparezca del todo.


No pienso en Sade al principio.

De hecho, el nombre llega tarde, como una corrección que no encaja bien.

Antes de eso solo hay esto:

la sensación de que algo ha sido colocado con demasiada precisión en mi cuerpo.

como si no fuera del todo mío en ese instante.


El silencio de la habitación no es limpio.

Hay una vibración pequeña, casi técnica, en el aire.

No viene de ningún objeto concreto.

Viene de la espera.


Me doy cuenta de que respiro de forma irregular.

No es ansiedad clara.

Es otra cosa.

Una especie de atención sin objeto.

Como si el cuerpo estuviera preparado para algo que no llega.


Solo después aparece la idea de Sade.

No como figura.

Más bien como una forma de mirar que llega cuando ya todo está ocurriendo.

Demasiado tarde para explicarlo.

Demasiado temprano para entenderlo.

Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo la perpendicular ya estaba sedimentada…