La mordaza, en la literatura del Marqués de Sade, no es un objeto de silencio impuesto, sino un mecanismo de comprobación del lenguaje interrumpido.
No impide hablar.
Convierte la posibilidad de hablar en algo que debe ser verificado constantemente.
El sujeto no piensa en la palabra perdida.
Piensa en el momento exacto en que dejó de intentar recuperarla.
Y ese instante nunca es estable.
La mordaza reorganiza la atención hacia la boca como si fuera un punto de sistema.
No hay expresión.
Solo revisión.
El gesto de tragar se vuelve sospechoso.
El aire que no sale empieza a sentirse como una decisión previa.
Y la duda no aparece sobre lo que se quiere decir, sino sobre cuándo exactamente dejó de intentarse.
La mano se acerca a la cara antes de que exista la intención de comprobar.
Y cuando toca la superficie, no confirma silencio.
Confirma repetición.
Como si el cuerpo ya hubiera pasado por esa verificación antes, sin recordarlo.
¿Lo estoy comprobando ahora?
¿O ya lo comprobé antes y lo olvidé?
No sé en qué momento empezó a dejar de ser solo curiosidad.
No fue una decisión.
Fue una acumulación.
Un vídeo.
Luego otro.
Luego el mismo gesto repetido en otro cuerpo distinto.
Y algo en mí empezó a quedarse más tiempo del necesario.
No excitación todavía.
Algo antes.
Como una atención que no se retira cuando debería.
He cerrado la página.
La he vuelto a abrir.
Sin motivo claro.
No porque quiera verlo otra vez.
Sino porque quiero comprobar si todavía produce el mismo efecto.
Y no lo produce.
O lo produce distinto.
No sé cuál de las dos cosas es peor.
Empiezo a notar una pequeña contradicción.
Cuanto más entiendo lo que estoy viendo…
más lo reviso.
Cuanto más lo reviso…
menos sé si lo estoy eligiendo.
He buscado información.
He leído descripciones.
He saltado entre explicaciones técnicas y relatos personales.
Pero lo que se me queda no es el contenido.
Es el retorno.
El volver.
Siempre el volver.
Hay una palabra que empiezo a usar sin darme cuenta.
“Comprobar”.
Comprobar otra vez.
Comprobar si sigue ahí.
Comprobar si sigo reaccionando igual.
Y cada comprobación tarda un poco más en cerrarse.
Como si el sistema necesitara más tiempo para decirme que ya he terminado.
He notado algo en el cuerpo.
No claro.
No identificable del todo.
Una especie de espera en el pecho.
No tensión.
Más bien suspensión.
Como si algo no hubiera terminado de activarse o de apagarse.
A veces cierro el navegador.
Y ya lo he vuelto a abrir antes de decidirlo.
No sé cuándo ocurre ese paso.
Solo sé que ocurre antes de mí.
Y eso es lo que me inquieta.
No lo que veo.
Sino el momento en el que vuelvo a mirar.
Porque ese momento empieza a parecerme más importante que todo lo demás.
Tengo que mover el cuello.
No lo estoy moviendo.
Y ahora no sé si lo pienso.
O si lo estoy comprobando.
Tengo que mover el cuello…