Anoche encontré una captura de pantalla.
No recordaba haberla hecho.
Ni siquiera era importante.
Una página.
Un párrafo.
Nada especial.
Lo extraño fue la fecha.
Tres semanas.
La captura tenía tres semanas.
Me quedé mirando la esquina inferior de la imagen.
Tres semanas.
Juraría que empecé a leer sobre esto hace unos días.
Eso es lo que llevo repitiéndome.
Unos días.
Pero la captura seguía ahí.
La abrí varias veces.
Como si la fecha pudiera cambiar.
No cambió.
La habitación olía a polvo caliente.
El ordenador llevaba demasiadas horas encendido.
Pasé la mano por el escritorio.
Había una capa fina de polvo junto al teclado.
Pensé que debería limpiarlo.
No lo limpié.
Abrí otra pestaña.
Después otra.
Y otra.
No buscaba nada nuevo.
Eso es lo que empieza a preocuparme.
Ya casi nunca busco cosas nuevas.
Busco las mismas.
Las mismas preguntas.
Los mismos artículos.
Los mismos foros.
A veces incluso reconozco una frase antes de leerla.
Y aun así la leo.
Entera.
Como si estuviera comprobando que sigue ahí.
Esta tarde encontré una nota en el móvil.
Una frase.
Solo una.
«No sé por qué sigo pensando en esto.»
No recuerdo haberla escrito.
Sé que la escribí.
Pero no recuerdo el momento.
Creo que eso es lo que más me avergüenza.
No la curiosidad.
Ni siquiera la excitación.
Sino descubrir que esto empezó a ocupar espacio antes de que yo aceptara que estaba ocupando espacio.
Tengo la sensación de llegar tarde a mis propios hábitos.
Como si alguien hubiera reorganizado pequeñas cosas dentro de mi rutina.
Nada importante.
Solo detalles.
El historial.
La nota.
La captura.
La hora.
Siempre la hora.
Miro el reloj.
Cinco minutos.
Vuelvo a mirarlo.
Han pasado treinta segundos.
Tengo que mover el cuello.
No lo estoy moviendo.
Lo raro es que esta vez no me duele.
Es como si estuviera esperando algo.
Y no sé si estoy esperando que ocurra.
O esperando descubrir cuándo empezó.
Tengo que mover el cuello…