Había una pestaña abierta.
No debería estarlo.
Creo que la cerré antes.
La abrí otra vez.
Solo para comprobar.
Pero había algo mal.
La página me resultaba familiar.
Demasiado.
Como si ya la hubiera cerrado varias veces.
La cerré.
Esperé.
La volví a abrir.
No para leer.
Para asegurarme de que seguía siendo la misma.
Eso es lo que no encaja.
No la página.
Yo.
Había otra pestaña.
Una que recuerdo haber cerrado.
Estoy bastante seguro.
Pero estaba abierta.
En el mismo sitio.
Con el mismo punto donde la dejé.
La cerré otra vez.
Más despacio.
Y la abrí otra vez.
Esta vez no por curiosidad.
Por necesidad.
Me di cuenta de algo incómodo.
No estaba comprobando la pestaña.
Estaba comprobando el gesto.
Cerré.
Abrí.
Volví a cerrar.
Después tuve que comprobar por qué lo había hecho.
Eso fue lo peor.
Porque no era solo repetición.
Era que no recordaba cuál de las veces había sido la primera.
Y ahí empezó la parte que no quería escribir.
Había algo en volver.
No en la página.
En el momento antes de decidir volver.
Eso es lo que me está empezando a preocupar.
La pantalla sigue encendida.
La pestaña sigue ahí.
No estoy seguro de haberla abierto esta última vez.
Pero está abierta.
No me gusta lo fácil que es seguir.
Lo extraño es que hace unos minutos todavía pensaba que estaba intentando parar.
Tengo que mover el cuello no hay cuello…