El Reloj de Piedra: La Percepción del Tiempo como Fractura Mineral

Creo que el problema empezó cuando el resto de las cosas comenzaron a perder definición.

No de golpe.

Eso habría sido más fácil de detectar.

Fue algo gradual.

Casi elegante.

Como si una capa muy fina de niebla hubiera empezado a depositarse sobre todo lo demás.

Las conversaciones.

Las calles.

Los planes.

Las personas.

Siguen ahí.

Puedo verlas.

Puedo participar en ellas.

Puedo responder cuando me hablan.

Pero algo ha cambiado.

Porque ya no ocupan el mismo espacio.

Y mientras tanto, el proceso del Amo parece hacer exactamente lo contrario.

Cada vez que intento alejarme de él, gana nitidez.

Cada vez que intento reducirlo a un recuerdo, adquiere más detalles.

Es absurdo.

Hay días completos que apenas recuerdo.

Pero puedo recordar perfectamente la forma en que apoyó una mano sobre una mesa mientras pensaba.

Puedo recordar una pausa de tres segundos.

La manera en que observaba algo antes de corregirlo.

La forma en que parecía esperar.

Siempre esperar.

Como si entendiera algo sobre el tiempo que yo no entendía.

Y quizá ahí empezó la obsesión.

Porque yo sigo sin entenderlo.

No me gusta pensar en mí mismo como alguien sumiso.

Ni siquiera me gusta escribir esa palabra.

Cuando la leo, siento que describe a otra persona.

Alguien más simple.

Alguien más fácil de explicar.

Pero entonces aparece la imagen otra vez.

Y no desaparece.

La imagen de permanecer delante de él.

No hacer nada.

No recibir nada.

Ni siquiera hablar.

Simplemente seguir allí mientras su atención continúa avanzando hacia algún lugar que yo no alcanzo a ver.

Y eso debería aburrirme.

Debería desesperarme.

Debería hacerme querer marcharme.

Pero ocurre exactamente lo contrario.

Cuanto más se alarga la espera, más difícil resulta abandonar.

Como si la espera fuera el verdadero proceso.

Como si todo lo demás fueran únicamente preparativos.

Hay momentos en que estoy haciendo cualquier otra cosa y noto que mi cabeza ya no está donde debería.

Alguien me habla.

Asiento.

Respondo.

Pero una parte de mí está en otro lugar.

En una habitación más silenciosa.

Observando cómo él revisa algo.

Cómo corrige algo.

Cómo decide algo.

Y, sobre todo, cómo todavía no ha terminado.

Creo que eso es lo que me persigue.

No el final.

La ausencia del final.

La sensación de que el proceso sigue abierto.

De que todavía queda una última revisión.

Un último ajuste.

Una última observación.

Y mientras esa posibilidad exista, todo lo demás parece provisional.

Difuminado.

Como un paisaje visto a través de una ventana mojada.

La vida sigue ocurriendo.

Lo sé.

Pero ya no tiene el mismo peso.

Porque una parte demasiado grande de mi atención sigue orbitando alrededor de algo que no comprendo.

Algo que ni siquiera quiero.

O al menos no quiero querer.

Y cuanto más intento resolver esa contradicción, peor se vuelve.

Porque no encuentro respuestas.

Solo encuentro más imágenes.

Más detalles.

Más recuerdos.

Más espera.

A veces pienso que lo que realmente me obsesiona no es él.

Es la forma en que parece habitar el tiempo.

La manera en que convierte la demora en una presencia.

La manera en que hace que un proceso incompleto se sienta más importante que cualquier cosa terminada.

Y entonces ocurre algo que me avergüenza admitir.

Empiezo a esperar también.

No sé exactamente qué.

No sé exactamente por qué.

Pero espero.

Como si alguna parte de mí siguiera delante de él.

Como si nunca hubiera terminado de marcharse.

Como si el resto del mundo hubiera empezado a perder foco únicamente para dejar espacio a esa única imagen.

La de permanecer.

La de esperar.

La de descubrir que todavía no ha llegado el final.

Y sentir alivio cuando descubro que aún falta un poco más.

Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…