No volví por el dispositivo.
Al menos eso pensé al principio.
Volví porque encontré una carpeta.
Estaba escondida entre documentos sin nombre, en un directorio que no recordaba haber abierto.
La carpeta se llamaba simplemente:
«cal».
No parecía importante.
La abrí.
Dentro había capturas de pantalla.
Fechas.
Fragmentos de texto.
Anotaciones.
Nada extraordinario.
Lo extraño fue reconocerlas inmediatamente.
Como si hubiera pasado meses observándolas.
Como si una parte de mí hubiera permanecido allí mientras el resto continuaba con otra vida.
Cerré la carpeta.
Seguí trabajando.
Veinte minutos después estaba intentando recordar la tercera imagen.
No la primera.
No la última.
La tercera.
Como si contuviera algo que había olvidado perder.
Volví a abrirla.
Entonces encontré una nota.
No recordaba haberla escrito.
Era mi letra.
O algo extremadamente parecido.
Decía:
«Ya habías llegado aquí.»
Nada más.
La habitación estaba en silencio.
No un silencio normal.
Un silencio acumulado.
Como si hubiera permanecido años esperando ser observado.
Miré la hora.
Aparté la vista.
La volví a mirar.
Habían pasado menos de treinta segundos.
Estaba convencido de que había transcurrido mucho más.
Seguí avanzando.
Las capturas mostraban fragmentos repetidos.
Las mismas frases.
Los mismos párrafos.
Los mismos nombres.
Pero las fechas no coincidían.
Algunas estaban separadas por semanas.
Otras por meses.
Una parecía tener casi un año.
No recordaba haber visto ninguna de ellas.
Y sin embargo sabía exactamente dónde mirar.
Como si estuviera revisando instrucciones que ya había estudiado.
Encontré otra nota.
Esta vez estaba incrustada en una imagen.
Una línea breve.
Sin contexto.
«No busques la primera vez.»
Me quedé observándola.
Intentando entender qué significaba.
Después comprendí algo peor.
No estaba intentando entenderla.
Estaba intentando recordarla.
Como si ya la hubiera leído antes.
La habitación de cal comenzó entonces.
No era un lugar.
Era una sensación.
La impresión de que todo aquello había sucedido previamente.
Las capturas.
Las notas.
La carpeta.
Incluso la decisión de abrirla.
Todo parecía formar parte de una secuencia más antigua que mi recuerdo.
Encontré un archivo de texto.
Vacío.
O casi vacío.
Solo contenía una frase:
«Cuando vuelvas, presta atención al cuello.»
Me incorporé.
Sentí una tensión ligera en la base del cráneo.
Nada importante.
Nada alarmante.
Aun así permanecí inmóvil.
Porque no recordaba cuándo había empezado.
Seguí leyendo.
Encontré registros más antiguos.
Más carpetas.
Más capturas.
Más anotaciones.
Cada una parecía escrita por una versión distinta de mí.
Las palabras eran familiares.
La forma de pensar también.
Pero algo no encajaba.
Como si todas pertenecieran al mismo autor y, al mismo tiempo, a personas diferentes.
La última nota apareció casi al final.
Estaba sola.
Sin fecha.
Sin explicación.
Solo una línea:
«Ya moviste el cuello.»
Me quedé mirando la pantalla.
Intentando recordar.
No recordaba haberlo hecho.
Lo extraño no fue la nota.
Lo extraño fue la certeza inmediata de que aquella no era la primera vez que la encontraba.
Y por primera vez la pregunta dejó de ser qué estaba buscando.
La pregunta fue cuánto tiempo llevaba regresando.
Porque algunas obsesiones no funcionan como una puerta.
Funcionan como una huella.
Y una huella siempre implica que alguien pasó antes.
Tengo que mover el cuello…