A Donatien Alphonse François de Sade le habría fascinado el concepto de la Realidad Virtual, pero probablemente se habría aburrido a los diez minutos por la falta de resistencia del material. Para el Marqués, la libertad no era un concepto abstracto que ocurre en la nube; era algo que se ejercía contra la materia, contra el hueso y contra la voluntad del otro. Hoy, sin embargo, estamos construyendo un paraíso de sensaciones higienizadas donde puedes simular cualquier abismo desde la seguridad de tu salón, sin riesgo de mancharte las manos o de que te arresten por algo más grave que un error de conexión. Es el deseo sin las consecuencias de la anatomía, una soberanía de juguete donde el cuerpo es solo un periférico que hemos olvidado actualizar.
Siento una tensión extraña en la base del cuello, ese nudo que aparece después de pasar demasiado tiempo intentando enfocar una realidad que parpadea a sesenta fotogramas por segundo. Es un recordatorio de que mi columna vertebral todavía obedece a la gravedad, por mucho que mi mente intente convencerse de que flota en un entorno digital. Me pregunto si estamos perdiendo la capacidad de sentir algo que no tenga un interruptor de apagado. No lo sé. Quizá la carne es el último obstáculo que nos queda para ser verdaderamente libres, o la última frontera que nos impide ser solo datos.
El aire en la habitación huele a ese ozono seco que desprenden los procesadores al límite de su capacidad y a un rastro lejano de lavanda sintética que alguien decidió que era el aroma de la relajación. Es una atmósfera aséptica, casi quirúrgica. Me hace pensar que en el mundo virtual, el sudor es una opción de renderizado y la sangre es solo un efecto especial que no mancha la alfombra. Es la domesticación definitiva del exceso: la transgresión con botón de pausa.
La soberanía del avatar: El yo como disfraz
Resulta irónico que nos obsesione la personalización de nuestros avatares mientras nuestra salud mental se ha vuelto una especie de decoración moderna; compramos pieles digitales y accesorios para personajes que no tienen sistema nervioso, mientras el nuestro se colapsa por la falta de sol y de roces reales. Sade entendía que el «yo» se define en el choque con lo externo, en la fricción. En la Realidad Virtual, no hay choque, solo colisión de polígonos. Puedes ser un libertino o un santo, pero al final del día (o de la sesión), solo eres alguien que se quita un casco y descubre que tiene la cara marcada por el peso del plástico.
A veces, la verdad no es de alta resolución. Es borrosa. Como esa sensación de desorientación cuando vuelves al mundo físico y descubres que tus manos tardan un segundo de más en obedecerte.
Me pregunto si tú, al otro lado de la pantalla, no sientes que tu vida es a veces un escenario de RV de baja fidelidad: mucha interacción, pero muy poco peso real. O quizá solo tienes los ojos cansados. La línea es muy delgada entre la inmersión total y la simple fatiga ocular.
El sadismo sin víctimas: La paradoja de la ética binaria
Sade entendió que el ser humano es un depredador que ha aprendido a usar cubiertos de plata para ocultar que, si pudiera, se comería el mundo entero. En la RV, nos dan la plata, pero nos quitan la comida. Podemos simular los escenarios más oscuros de Los 120 días de Sodoma sin que haya una sola víctima real, lo que nos deja en un limbo moral fascinante. Si no hay daño, ¿hay transgresión? ¿O es solo una masturbación intelectual más sofisticada? La tecnología háptica intenta devolvernos el tacto, pero por ahora solo nos da vibraciones que imitan la vida, como si el universo entero fuera un teléfono móvil gigante intentando llamarnos la atención.
Siento un vacío sordo en el estómago, esa sensación de caída libre que ocurre cuando el cerebro detecta un movimiento que el oído interno no confirma. Es una náusea tecnológica, una protesta de mi sistema biológico contra la mentira visual. Es curioso cómo el cuerpo es el primero en denunciar que lo que vemos no es lo que somos.
¿Por qué nos urge tanto huir de nuestra propia carne? Quizá porque el cuerpo es el lugar donde residen el dolor, la enfermedad y la muerte, cosas que Sade aceptaba como parte del juego, pero que nosotros preferimos filtrar con un algoritmo. El orden digital es el miedo que tenemos a que nuestra fragilidad biológica sea lo único que no podamos actualizar. Sade nos invita a habitar nuestra vulnerabilidad hasta sus últimas consecuencias; la realidad virtual nos ofrece un refugio donde la muerte es solo una pantalla de carga y el deseo nunca llega a sudar.
El retorno a la materia
Hay un alivio extraño en saber que, por mucho que perfeccionemos las gafas de inmersión, nunca podrán simular el peso de una mirada real o la temperatura de una respiración en la nuca. Sade murió pidiendo que su tumba fuera cubierta de vegetación para desaparecer, un acto de disolución en la materia que hoy parece un lujo inalcanzable en un mundo donde cada uno de nuestros movimientos virtuales queda registrado para siempre en un servidor de Arizona.
Hoy, que todo es «experiencia inmersiva», la verdadera subversión es el contacto físico sin mediación. La capacidad de sentir algo que no ha sido programado por un ingeniero de Silicon Valley es la última soberanía que nos queda. El mundo virtual puede darte la imagen del placer, pero todavía no puede darte el cansancio real que viene después de haber vivido de verdad.
He dejado de escribir un momento para mirar la palma de mi mano. Hay una pequeña cicatriz cerca del pulgar, un recordatorio de una vez que me corté con un cristal hace años. Esa cicatriz no tiene un modelo 3D perfecto, ni se puede borrar con un parche de software. Está ahí, testaruda y real. A veces envidio a los avatares por su piel impecable, pero luego toco esa marca y recuerdo que la única realidad que importa es la que deja cicatrices.