No debería haber guardado aquella página.
Ni siquiera era una página especialmente extrema.
Era una explicación cualquiera. Un texto sobre normas. Sobre confianza. Sobre control.
La cerré.
Recuerdo haberla cerrado.
Lo que no recuerdo es por qué volví veinte minutos después.
Ni siquiera estaba excitado.
Eso sería más fácil de explicar.
Era otra cosa.
Una especie de picor mental.
Como cuando intentas recordar una palabra y descubres que ya no estás pensando en la palabra, sino en la necesidad de encontrarla.
Volví a leerlo.
Despacio.
Había una frase subrayada.
No sé si la subrayé yo.
No era una frase importante.
De hecho, si alguien me preguntara ahora qué decía exactamente, no podría repetirla.
Solo recuerdo la sensación de verla.
Y después volver a verla.
Y después necesitar verla una vez más.
Me avergüenza escribir esto.
Porque siempre pensé que la curiosidad funcionaba de otra manera.
Pensaba que uno encuentra algo interesante y decide profundizar.
Aquí estaba ocurriendo lo contrario.
Era como si la profundidad hubiese aparecido primero.
Como si alguna parte de mí ya estuviera allí esperando.
Los días siguientes empecé a acumular cosas.
Artículos.
Entrevistas.
Fragmentos de libros.
Notas.
Capturas de pantalla.
Nada especialmente importante.
Y sin embargo no borraba nada.
Una noche abrí una carpeta del ordenador.
Solo quería ordenar archivos.
Encontré una captura que no recordaba haber guardado.
No tenía nada especial.
Una definición.
Tres líneas de texto.
La miré durante varios segundos.
Después cerré la carpeta.
Cinco minutos más tarde la abrí otra vez.
No porque hubiera encontrado algo extraño.
Eso es lo que todavía intento explicarme.
La abrí porque necesitaba comprobar que seguía siendo igual.
Ahí fue cuando empecé a preocuparme.
No por el contenido.
Por mí.
Porque ya no estaba investigando algo.
Estaba vigilándolo.
Y no entendía por qué.
A veces me descubro haciendo cosas absurdas.
Releer el mismo párrafo.
Buscar el mismo término.
Volver a una página que ya conozco de memoria.
Como si esperara encontrar una diferencia de un milímetro.
Como si una parte de mí estuviera convencida de que algo se mueve cuando no miro.
Lo peor es que no siento miedo.
Si sintiera miedo sería sencillo.
Lo que siento es reconocimiento.
Una familiaridad imposible.
La sensación incómoda de llegar tarde a una conversación que empezó sin mí.
Hay momentos en los que cierro todo.
El navegador.
Las notas.
Las capturas.
Me digo que ya está.
Que fue una curiosidad pasajera.
Que mañana pensaré en otra cosa.
Y durante unos minutos lo creo.
Luego aparece una pregunta pequeña.
Ridícula.
Casi invisible.
No pregunta qué estoy buscando.
Pregunta cuándo empecé a buscarlo.
Y nunca encuentro la respuesta.
Lo único que encuentro es que ya estoy abriendo otra pestaña.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…