La Estática del Vacío: El Placer de ser una Infraestructura Muda

Lo extraño es que ya no pienso tanto en el silencio de la habitación.

Pienso en el silencio que aparece cuando intento sustituirlo.

Intento trabajar.

Intento leer.

Intento conversar.

Intento llenar las horas con cualquier cosa.

Y durante un tiempo funciona.

O al menos parece funcionar.

Hasta que algo se desplaza.

Una pequeña grieta.

Un instante de distracción.

Y entonces vuelve.

No como un recuerdo.

No exactamente.

Más bien como una comparación.

Estoy sentado en una cafetería.

Hay gente hablando.

Tazas chocando.

Puertas abriéndose.

Música de fondo.

Y de pronto me descubro midiendo todo aquello contra otra cosa.

Contra un silencio.

Contra una quietud.

Contra una definición que no existe allí.

No me gusta ser sumiso.

La frase sigue apareciendo.

Ya no como una afirmación.

Casi como una pregunta.

No me gusta ser sumiso.

Entonces, ¿por qué sigo regresando?

¿Por qué sigo comparándolo todo?

¿Por qué sigo pensando en ello al despertar?

¿Por qué sigo sintiendo esta tristeza absurda cuando pasan demasiados días?

Cuanto más lo pienso, menos sentido tiene.

Y cuanto menos sentido tiene, más espacio ocupa.

A veces me pregunto si la obsesión ya ni siquiera está relacionada con el Amo.

Porque cuando intento observarla de cerca encuentro algo diferente.

No encuentro una persona.

Encuentro una sensación.

La sensación de que todo estaba enfocado.

La sensación de que nada sobraba.

La sensación de que cada objeto ocupaba exactamente el lugar que debía ocupar.

La puerta.

La pared.

La respiración.

Las manos.

La espera.

Incluso aquella tercera línea roja.

La aislada.

La que permanecía separada de las otras dos.

Sigo sin saber por qué continúa allí.

Pero continúa.

Como una coordenada fija.

Como una estrella inmóvil en un cielo que cambia constantemente.

Y mientras tanto el resto del mundo parece desplazarse.

Las semanas pasan.

Las conversaciones pasan.

Los planes pasan.

Las preocupaciones cambian.

Pero aquella línea permanece.

Aquella habitación permanece.

Aquella claridad permanece.

Y quizá por eso la tristeza resulta tan difícil de explicar.

Porque no parece tristeza.

Parece nostalgia de una definición.

Como si hubiera experimentado durante unas horas una versión del mundo con mayor resolución.

Y ahora tuviera que volver a vivir dentro de una imagen ligeramente desenfocada.

Eso es lo que nadie entendería.

No echo de menos el dolor.

No echo de menos la incomodidad.

No echo de menos la espera.

Echo de menos la nitidez.

Y esa diferencia me resulta imposible de explicar incluso a mí mismo.

Porque sigue contradiciendo todo lo que creo saber sobre mí.

No me gusta ser sumiso.

Nunca me gustó.

Nunca imaginé que algo así tendría relación conmigo.

Y, sin embargo, hay mañanas en las que me despierto y descubro que la primera imagen que aparece no es una fantasía.

No es una escena.

No es una orden.

Es simplemente la idea de permanecer.

Permanecer quieto.

Permanecer presente.

Permanecer hasta el final.

Y entonces vuelve esa pregunta que cada vez parece más grande.

¿Quién era yo antes de que esto empezara a ocupar tanto espacio?

No encuentro una respuesta.

Solo encuentro más habitaciones.

Más profundidad.

Más distancia.

Y la sensación cada vez más inquietante de que no estoy intentando recordar algo.

Estoy intentando regresar a algo.

Tengo que mover el cuello…