Lo extraño es que ya casi no recuerdo el esfuerzo de no gritar.
Recuerdo haber querido hacerlo.
Recuerdo la presión acumulándose.
Recuerdo la sensación de que algo dentro de mí intentaba abrirse paso hacia afuera.
Pero eso no es lo que vuelve.
Lo que vuelve es el suelo.
Siempre el suelo.
Porque durante casi toda la sesión no podía verlo.
No podía levantar la cabeza.
No podía comprobar qué estaba haciendo.
No podía anticipar nada.
Todo mi mundo quedó reducido a una superficie de apenas unos centímetros cuadrados.
Y allí estaba aquel pequeño triángulo.
Un fragmento transparente de plástico.
Minúsculo.
Con una de las esquinas rota.
Ni siquiera sé de dónde había salido.
Podría haber sido parte de cualquier cosa.
Un embalaje.
Una pieza rota.
Basura.
Pero terminé observándolo durante tanto tiempo que empecé a memorizarlo.
La forma exacta de la fractura.
La manera en que la luz se quedaba atrapada en uno de los bordes.
La mota de polvo que permanecía inmóvil a pocos centímetros.
Recuerdo eso mejor que muchas conversaciones de mi vida.
Y eso me resulta profundamente incómodo.
Porque mientras intentaba concentrarme en cualquier otra cosa, seguía pensando en él.
No podía verlo.
Y quizá por eso ocupaba aún más espacio.
Solo existían pequeños indicios.
El sonido de una hebilla.
Un desplazamiento de peso sobre el suelo.
Un ruido seco procedente de alguna parte de la habitación.
A veces el leve roce de tela contra tela.
Y después nada.
Largos espacios de nada.
Espacios tan largos que terminaba regresando al triángulo de plástico.
A la grieta de una de sus esquinas.
A la línea de polvo acumulada junto a una baldosa.
Como si mi cerebro necesitara aferrarse a esos objetos para soportar la espera.
Porque la espera no era la peor parte.
La espera era la parte que terminaba ocupándolo todo.
Había momentos en que olvidaba mi propia incomodidad.
Olvidaba la posición de mi cuerpo.
Olvidaba el tiempo.
Y solo quedaba aquella pregunta absurda:
¿Cuánto falta para que termine lo que él está haciendo?
No para que termine la sesión.
No para irme.
No para descansar.
Para que termine exactamente aquello que estaba haciendo en ese momento.
Y esa diferencia me avergüenza más de lo que debería.
Porque no me gusta esta obsesión.
No me gusta descubrir que una parte de mi atención sigue orientándose hacia él incluso cuando intento pensar en otra cosa.
Pero cuanto menos lo entiendo, más espacio ocupa.
Y a veces me descubro recordando aquel suelo con una precisión ridícula.
No el proceso.
No las instrucciones.
No la lógica.
El polvo.
La baldosa.
El pequeño triángulo transparente con una esquina rota.
Y la certeza constante de que, en algún lugar fuera de mi campo visual, el Amo seguía trabajando.
Y que todo lo que tenía que hacer era permanecer allí hasta que concluyera.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…