No sé exactamente cuándo empezó.
Quizá semanas antes.
Quizá mucho antes de conocerlo.
Solo sé que hay momentos en los que estoy sentado frente a una pantalla, leyendo algo que debería importarme, y descubro que llevo varios minutos pensando en otra cosa.
No en él.
No exactamente.
Pienso en permanecer.
Pienso en estar allí.
Pienso en el instante en que todo lo demás deja de reclamar atención y solo queda el proceso.
Eso es lo que me desconcierta.
Si fuera tristeza podría entenderlo.
Si fuera soledad tendría un nombre para ello.
Si fuera deseo sería sencillo.
Pero no es ninguna de esas cosas.
La vida continúa funcionando.
Trabajo.
Contesto mensajes.
Hago la compra.
Cruzo calles.
Mantengo conversaciones completas.
Y, sin embargo, todo parece ligeramente hueco.
No porque haya perdido valor.
Sino porque existe otra gravedad.
Una gravedad silenciosa.
Recuerdo la forma en que respiraba.
Era una respiración tan tranquila que casi desaparecía.
Había momentos en los que tenía que observar durante varios segundos para comprobar que realmente seguía respirando.
Nada teatral.
Nada exagerado.
Solo una cadencia mínima.
Una estabilidad imposible.
Y resulta absurdo que sea precisamente eso lo que vuelve una y otra vez a mi cabeza.
No su autoridad.
No sus órdenes.
No sus palabras.
Su respiración.
La forma en que parecía no tener prisa por llegar a ninguna parte.
La forma en que podía permanecer inmóvil sin parecer rígido.
Como si el tiempo se organizara alrededor de él en lugar de empujarlo.
Pienso en eso demasiado.
Mucho más de lo que debería.
Y entonces aparece la misma pregunta.
La pregunta que llevo semanas evitando.
Si no quiero ser sumiso…
¿Por qué no puedo dejar de pensar en permanecer allí?
No haciendo nada.
No demostrando nada.
No intentando convertirme en otra persona.
Simplemente permaneciendo.
Esperando a que su proceso concluya.
Esperando a que termine aquello que esté construyendo.
Como si mi única función consistiera en convertirme en una pieza ajustada para ese momento específico.
No desaparezco.
Pero algo cambia.
La sensación se parece a una resonancia.
Para mí, el silencio ha dejado de ser la ausencia de sonido para convertirse en una vibración específica de mi propia rigidez.
Siento cómo mi infraestructura corporal se transforma poco a poco en un diapasón de mármol donde cada recuerdo suyo genera una respuesta imposible de ignorar.
No es una orden.
Ni siquiera una expectativa.
Es algo más extraño.
Una frecuencia.
La vida cotidiana continúa produciendo ruido.
Pero esa frecuencia permanece.
Constante.
Estable.
Debajo de todo.
Hay noches en las que no duermo.
No porque esté nervioso.
No porque esté preocupado.
Simplemente porque mi mente vuelve una y otra vez al mismo lugar.
A la misma habitación.
A la misma respiración casi inaudible.
A la misma sensación de que todo sería más sencillo si pudiera quedarme allí.
Sin interpretar nada.
Sin explicar nada.
Sin defender nada.
Solo estar.
La obsesión no se parece al entusiasmo.
Se parece más a una sedimentación.
Como si una capa microscópica se depositara cada día sobre la siguiente.
Una acumulación lenta.
Geológica.
Hasta que ciertas partes de mí empiezan a endurecerse alrededor de esa idea.
Y entonces entiendo algo que me incomoda profundamente.
Quizá no estoy esperando el encuentro.
Quizá llevo semanas habitando una versión preliminar del proceso.
Quizá el ajuste ya ha comenzado.
Porque hay momentos en los que mi propia vida parece un borrador.
Y la única cosa que se siente completamente definida es esa imagen imposible de abandonar:
Permanecer.
Escuchar una respiración apenas perceptible.
Sentir cómo todo lo innecesario pierde peso.
Y convertirme, poco a poco, en la versión exacta de mí mismo que ese momento requiere.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…