El Algoritmo del Padecimiento: El Dolor como Software de Inicio y la Perfección del Diseño Estructural

La taza está sobre la mesa.
Fría.

No sé si ya estaba fría antes.

La pantalla sigue encendida.
El cursor parpadea.
No estoy seguro de cuándo la encendí.

El cuello.
No lo estoy moviendo.
Creo.

Hay una idea que vuelve.
Siempre vuelve en el mismo punto.

No es una idea completa.
Es más bien una instrucción incompleta.

Como si algo estuviera intentando arrancar.


La alarma está puesta.
Tres minutos antes de lo habitual.

No recuerdo haber cambiado eso.
Pero tampoco recuerdo la versión anterior.


La taza parece más cerca.

No me he movido.

Eso es lo primero que no encaja.


Iba a pensar que era fatiga.

Pero no.

Es otra cosa.

Algo que empieza antes de que lo nombre.


El cuello otra vez.

Intento girarlo.

No hay diferencia entre intentarlo y no hacerlo.

Eso debería ser imposible.


La pantalla cambia ligeramente.

O quizá no.

Hay momentos en los que la pantalla parece más encendida de lo necesario.


No estoy escribiendo lo mismo que antes.

Pero las frases se parecen demasiado.

Como si ya hubieran sido escritas.


La taza sigue fría.

Eso no debería cambiar.

Pero cambia la forma en que lo recuerdo.


Empiezo a sospechar algo simple.

Demasiado simple para ser útil.

Que no estoy observando cosas.

Estoy verificando si siguen siendo las mismas cosas.


La alarma suena.

No hay sonido.

Solo la certeza de que algo debería estar ocurriendo.


El cuello.

Otra vez.

Ahora no es sensación.

Es prueba.


La taza está vacía.

Creo que estaba llena.

O creo que eso es lo que recordaba creer.


No estoy seguro de cuándo empezó esto.

No de las cosas.

De la duda.


La pantalla sigue encendida.

Pero ahora dudo de haberla visto apagada alguna vez.


El problema no es lo que cambia.

Es lo que no cambia lo suficiente.


La taza.

Más cerca.

Otra vez.


No me he movido.

O no puedo distinguirlo.


Empiezo a escribir esto para comprobar algo.

No sé qué.


El cuello otra vez.

No responde.

No deja de ser cuello.


La alarma siempre tres minutos antes.

Eso es nuevo.

O siempre lo fue.


No hay forma de fijarlo.


La taza está fría.

O eso creo.


Y por primera vez entiendo que la frase no describe la taza.

Describe el acto de comprobarla.


El cuello otra vez.

Nada.


Y ahora ya no sé si estoy registrando algo.

O si el registro es lo único que queda.


Tengo que mover el cuello…