Hay una costura mal hecha. La noto porque roza siempre el mismo punto de la cadera cuando respiro.
No debería importarme.
Pero me importa.
El Operador no dice nada. No hace falta.
El fleje se cierra como si alguien hubiera decidido que mi cuerpo es un objeto que necesita ser corregido en silencio.
Y lo peor es que entiendo esa lógica.
No mentalmente.
En el cuerpo.
Hay un segundo —muy breve— en el que intento ajustar el hombro.
No para liberarme.
Solo para comprobar que todavía puedo decidir dónde empieza mi piel.
No funciona.
No exactamente.
El movimiento ocurre, pero llega tarde, como si tuviera que pasar por un filtro antes de convertirse en mío.
Me molesta pensar eso.
Me molesta más que sea cierto.
Siento el aire distinto.
No menos aire.
Solo más consciente.
Como si cada inhalación tuviera que pedir permiso al volumen que me rodea.
El fleje no aprieta todo igual.
Eso es lo extraño.
Hay puntos donde desaparece.
Y otros donde insiste demasiado.
Uno de esos puntos coincide con mi costilla izquierda.
Lo descubro sin querer al reírme de algo que no era gracioso.
La risa se corta a la mitad.
No por dolor.
Por ajuste.
Como si el cuerpo hubiera corregido la frase antes de terminarla.
Intento pensar en otra cosa.
Un vaso de agua en la mesa.
La luz del pasillo del baño encendida toda la noche.
Un mensaje sin responder.
Nada se queda.
Todo vuelve.
Siempre vuelve al mismo sitio.
El Operador no necesita aumentar la presión.
Eso es lo que me desconcierta.
No hay escalada.
Solo permanencia.
Y la permanencia, cuando es exacta, sustituye a la fuerza.
Me descubro contando cosas sin sentido.
Cuántas veces parpadeo.
Cuánto tarda el latido en volver al mismo punto.
Si mi lengua toca el paladar siempre en el mismo lugar.
No sé por qué hago eso.
No ayuda.
Pero no puedo parar.
Y entonces ocurre algo peor.
Empiezo a adaptarme.
No como una decisión.
Como un hábito.
El cuerpo encuentra posiciones más eficientes dentro de lo que queda permitido.
El hombro baja medio centímetro.
La mandíbula se acomoda como si siempre hubiera estado ahí.
Me doy cuenta tarde.
Demasiado tarde.
Soy yo el que ha cambiado de forma dentro de él.
Y por un instante absurdo pienso:
“Esto es cómodo”.
Y me da miedo haberlo pensado.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…