La excitación ya no aumenta.
Eso sería más sencillo.
Si aumentara, quizá terminaría llegando a algún sitio.
Lo que ocurre ahora es diferente.
Permanece.
Como el pulso.
Como algo que sigue golpeando aunque nadie lo escuche.
A veces me descubro intentando recordar la sesión para comprenderla.
Y entonces ocurre algo extraño.
No recuerdo los acontecimientos.
Recuerdo intervalos.
Recuerdo espacios.
Recuerdo pausas.
Recuerdo esperar.
Recuerdo permanecer inmóvil mientras el tiempo parecía acumularse dentro de la habitación.
Y sobre todo recuerdo el pulso.
No la intensidad.
No la velocidad.
La presencia.
La imposibilidad de ignorarlo.
Porque cuando todo lo demás desaparecía, seguía allí.
Y ahora sigue aquí.
No sé cuándo empezó a ocurrir exactamente.
Pero en algún momento mi propio corazón dejó de parecerme mío.
No físicamente.
Mentalmente.
Cada latido parece señalar algo.
Como si estuviera intentando recordarme una pregunta que todavía no he conseguido formular correctamente.
Intento responderla.
Fracaso.
Vuelvo a intentarlo.
Fracaso otra vez.
Y entonces la excitación aumenta.
No porque encuentre respuestas.
Porque no las encuentro.
Esa es la parte imposible de explicar.
Cuanto más incomprensible resulta todo, más importante parece.
Cuanto más importante parece, más atención reclama.
Cuanta más atención reclama, más difícil resulta apartarla.
Y cuanto más difícil resulta apartarla, más excitación genera.
El circuito se alimenta de su propia falta de resolución.
No me gusta ser sumiso.
Sigo pensando eso.
No ha cambiado.
Podría repetirlo cien veces.
Mil veces.
No me gusta.
Y sin embargo hay una parte de mí que continúa regresando a la misma habitación.
A la misma espera.
A la misma sensación de permanecer ajustado.
No ocurre porque quiera.
O al menos no únicamente porque quiera.
Ocurre porque algo quedó abierto.
Porque existe una pregunta que todavía no ha encontrado su respuesta.
Y la pregunta ocupa espacio.
Mucho espacio.
Demasiado espacio.
Empieza ocupando un pensamiento.
Después ocupa una tarde.
Después ocupa una noche.
Después ocupa una semana.
Y un día descubres que todas las carreteras mentales terminan conduciendo al mismo lugar.
No porque sea el lugar más importante.
Sino porque es el único que continúa creciendo.
Hay momentos en los que todo parece reducirse a una única imagen imposible de resolver.
No una acción.
No un acontecimiento.
Una espera.
La sensación de estar ya colocado exactamente donde debías estar.
La sensación de que no quedaba nada por hacer.
Solo permanecer.
Solo esperar.
Solo escuchar el paso del tiempo dentro de una habitación inmóvil.
Y entonces aparece la contradicción.
La contradicción siempre aparece.
Porque una parte de mí observa todo esto con desconfianza.
Con rechazo.
Con incredulidad.
Y otra parte permanece allí.
Sin moverse.
Esperando.
Las dos cosas existen al mismo tiempo.
Las dos crecen al mismo tiempo.
Y ninguna consigue destruir a la otra.
Quizá por eso la obsesión continúa aumentando.
Porque no encuentra resistencia suficiente para desaparecer.
Pero tampoco encuentra aceptación suficiente para descansar.
Así permanece.
Abierta.
Como una puerta que nunca termina de cerrarse.
Como un pulso que nunca termina de callarse.
Como una pregunta que continúa creciendo precisamente porque nadie ha conseguido responderla.
Se ha bloqueado el cuello debería…