Hay algo que no he contado a nadie.
Porque suena ridículo cuando lo digo en voz alta.
Incluso ahora, mientras lo escribo, me cuesta no borrar la frase.
A veces siento una presencia justo antes de comprobar que no hay nadie.
No después.
Antes.
Esa diferencia me preocupa más de lo que debería.
Anoche ocurrió otra vez.
Estaba solo.
Completamente solo.
Lo comprobé.
La puerta cerrada.
Las luces apagadas en el pasillo.
El teléfono sobre la mesa.
Nada extraño.
Y aun así levanté la vista.
Como si alguien acabara de entrar.
Lo peor es que no escuché nada.
Ni una pisada.
Ni una puerta.
Ni un movimiento.
Solo la certeza.
Esa es la palabra.
Certeza.
Una certeza tan pequeña que casi no existe.
Pero suficiente para hacerme mirar.
Durante unos segundos me quedé inmóvil.
Esperando.
No sé qué.
Tal vez una confirmación.
Tal vez un error.
Tal vez descubrir que me estaba volviendo estúpido.
La habitación siguió igual.
La silla.
La lámpara.
La ropa sobre el respaldo.
Todo exactamente igual.
Excepto una cosa.
La botella de agua.
Estaba convencido de que la había dejado más cerca del borde.
Me levanté para comprobarlo.
Y entonces recordé algo incómodo.
No recordaba haberla dejado en ningún sitio.
Solo recordaba verla.
La diferencia es mínima.
Pero desde hace semanas empiezo a tropezar con diferencias así.
No aparecen cosas.
Aparecen recuerdos.
Recuerdos de haber visto cosas.
Recuerdos que llegan tarde.
O demasiado pronto.
Todavía no sé cuál de las dos opciones es peor.
Hay una regla que empiezo a sospechar.
Nada aparece por primera vez.
Solo llega el momento en que lo reconozco.
No me gusta escribir eso.
Suena exagerado.
Pero tampoco me gusta admitir cuánto tiempo llevo pensando en ello.
Hoy ocurrió algo parecido.
Iba caminando por casa.
Nada especial.
Un martes cualquiera.
La misma rutina.
La misma luz entrando por la ventana.
Y de repente sentí que alguien estaba detrás de mí.
No una figura.
No una sombra.
No una persona.
Una distancia.
Como si el espacio detrás de mi espalda hubiera adquirido peso.
Seguí caminando.
Intentando ignorarlo.
Y aquí aparece la parte vergonzosa.
Ajusté el ritmo de mis pasos.
Como si no quisiera dejar atrás algo que no estaba allí.
Cuando me di cuenta me sentí idiota.
Me reí incluso.
Pero seguí haciéndolo unos segundos más.
Eso fue lo que me molestó.
No la sensación.
La obediencia.
La facilidad con la que mi cuerpo había empezado a negociar con una ausencia.
Más tarde me senté frente al ordenador.
Intenté trabajar.
No pude concentrarme.
Había una pequeña marca en la pantalla.
Un punto oscuro.
Pensé que era polvo.
Lo limpié.
Desapareció.
Volvió a aparecer unos minutos después.
En otro lugar.
Entonces comprendí que no estaba en la pantalla.
Estaba en mi visión.
Parpadeé varias veces.
El punto desapareció.
Pero la sensación no.
Porque durante un instante tuve la impresión de que aquello llevaba mucho tiempo acompañándome.
Muchísimo tiempo.
Como una palabra que conozco pero todavía no recuerdo.
No sé si estoy imaginando cosas.
No sé si estoy prestando demasiada atención.
No sé si hay alguna diferencia entre ambas.
Lo único que sé es que cada vez me resulta más difícil creer que estas sensaciones empiezan cuando las noto.
Empiezo a sospechar que llegan antes.
Y que yo solo aparezco después para ponerles nombre.
Hace un rato pensé en salir a caminar.
Creí que me vendría bien.
Me puse la chaqueta.
Cogí las llaves.
Llegué hasta la puerta.
La puerta estaba abierta.
Eso fue lo extraño.
No cerrada.
Abierta.
Completamente abierta.
Me quedé mirándola.
Sin moverme.
No porque tuviera miedo de salir.
Porque durante un segundo no pude recordar si acababa de abrirla o acababa de encontrarla así.
Sigo sin recordarlo.
Al final salí.
Di una vuelta.
Volví una hora después.
La sensación había desaparecido.
Eso pensé.
Entonces vi la silla.
La misma silla.
En el mismo sitio.
Y tuve una impresión absurda.
La impresión de que había estado esperando.
No a que regresara.
A que me diera cuenta.
Esta vez muevo el cuello.
La sensación no cambia.
Eso es nuevo.
Y no estoy seguro de querer saber por qué.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo el fantasma ya estaba sedimentado en la cal antes de que el miedo tocara el nervio el sabor a metal frío y tiza en la lengua es un residuo de la latencia del sistema la inercia pulsátil de la carne que recibe sombras se sostiene sin objeto el registro no puede cerrar debería…