El Cadáver del Afecto: La Autopsia del Romance Pornográfico y el Registro de la Falla Narrativa

No sé en qué momento dejo de leerlo como ficción.

Solo noto que hay una frase que se repite en distintos lugares sin ser exactamente la misma.

“Ahora”.

No siempre está escrita igual.

Pero aparece.

En la pantalla hay una pequeña pausa en la reproducción.

No es técnica.

O no parece técnica.

Es demasiado limpia.

Como si estuviera colocada ahí para que yo la note.

No debería fijarme en eso.

Y aun así lo hago.

La mano baja un poco el teléfono.

Sin intención.

El vídeo sigue sonando sin imagen durante unos segundos.

No lo detengo.

No sé por qué.

No estaba antes.

O no la había visto desde este ángulo.

Sigo mirando la pantalla, pero ya no encaja del todo con lo que estoy viendo.

Es una diferencia mínima.

Como si el sonido llegara antes que el gesto.

O como si el gesto estuviera siendo editado mientras ocurre.

No pienso en “contenido”.

La palabra llega tarde.

Cuando ya no describe lo que estoy mirando.

La atención se queda un poco atrás.

No es que pierda foco.

Es que empieza a dividirse sin avisar.

En el vídeo alguien se ríe.

La risa dura un segundo más de lo necesario.

No es una actuación mala.

Es demasiado exacta.

Eso es lo que incomoda.

No hay error visible.

Solo una sensación de ajuste continuo.

La habitación no cambia.

Pero hay algo en la luz del dispositivo que hace que el resto parezca ligeramente posterior.

Como si todo lo demás estuviera reaccionando después.

Me doy cuenta de que he dejado de buscar el sentido de la escena.

Eso no ocurre como decisión.

Ocurre cuando ya es tarde para reconstruirlo.

Solo está ahí, funcionando como si siempre hubiera estado.

Sade no aparece como idea.

Aparece después.

Cuando ya he asumido que la sincronía entre lo que veo y lo que siento no es del todo estable.

No explica nada.

Solo confirma el desfase.

El vídeo continúa.

Yo también.

Pero no sé cuál de los dos está siguiendo al otro.

No es deseo todavía.

Es algo que ya está ocurriendo sin haber tomado forma.

Me doy cuenta de que la escena ya tiene ritmo antes de que empiece.

Como si alguien hubiera ensayado mi reacción.

Hay una marca en la pantalla.

No estaba hace un segundo.

No parece un fallo técnico.

Es más bien una zona donde la imagen tarda un poco más en obedecer.

No acerco el dedo.

Si lo hago, desaparece.

O aparece mejor.

No sé cuál de las dos opciones me incomoda más.

La música de fondo no sostiene nada.

Solo evita que el silencio termine de decidir.

Y aun así hay un momento en el que noto que ya estoy dentro de la escena sin haber cruzado nada.

No recuerdo haber aceptado nada.

Pero tampoco encuentro el punto donde podría haberme negado.

El cuerpo no reacciona primero.

Es la atención la que llega tarde a lo que ya está ocurriendo.

Y esa diferencia es suficiente.

Hay un segundo en el que intento pensar que es ficción.

La palabra no encaja.

No porque sea falsa.

Sino porque llega después de lo que está viendo.

El contacto no ocurre como contacto.

Ocurre como ajuste.

Como si dos superficies ya hubieran decidido su forma antes de tocarse.

La escena no avanza.

Se repite con pequeñas desviaciones.

Cada repetición parece ligeramente más estable que la anterior.

Y eso no tranquiliza.

Inquieta de otra forma.

No miro la duración.

Pero noto que ha cambiado sin cambiar.

Hay un momento en el que creo que puedo salir.

No hago nada.

No porque decida quedarme.

Sino porque la idea de salir no encuentra dónde aplicarse.

La habitación de cal aparece después.

No como escenario.

Como residuo.

Como si el espacio hubiera estado esperando confirmación de algo que ya había ocurrido sin mí.

Me doy cuenta de que llevo un rato sin buscar una salida.

No como decisión.

Como desplazamiento de la búsqueda.

Más tarde entiendo que el problema no es lo que ocurre.

Sino que ocurre con una ligera ventaja sobre mí.

Y esa ventaja nunca es grande.

Pero siempre es suficiente.

Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo..