La taza está en la mesa.
La he visto al entrar a la cocina.
Eso debería ser normal.
Debería no significar nada.
Me quedo un momento mirándola.
No recuerdo haberla dejado ahí.
Pero eso no es raro.
Últimamente no recuerdo bien los detalles pequeños.
Aunque esto no es exactamente un detalle.
Es una sensación de que ya la había visto antes de entrar.
Como si la taza estuviera un poco antes que yo.
No.
Eso suena exagerado.
Solo es una taza.
La pantalla
Cierro la pantalla del móvil.
Cinco segundos.
La vuelvo a mirar.
No recuerdo haberla cerrado.
Solo recuerdo el resultado: está cerrada.
Eso debería bastar.
Pero no me tranquiliza.
Porque hay una diferencia extraña entre “cerrarla” y “encontrarla cerrada”.
Y no sé cuál de las dos cosas hice.
O si hay una tercera cosa que no estoy contando.
La alarma
La alarma suena tres minutos antes.
No sé antes de qué.
Siempre pienso que debería importar saberlo.
Pero nunca termino la idea.
Intenté cambiarla hoy.
Me quedé mirando los números.
No sabía qué hora debía poner.
Solo sabía qué hora no quería ver.
Eso me hizo parar.
No por miedo.
Por duda.
Como si elegir una hora fuera confirmar algo que todavía no entiendo.
El espejo
Me miro en el espejo.
Normal.
Eso es lo que debería pasar.
Pero me detengo un segundo.
No estoy seguro de cuándo empecé a mirarme.
Ni de si ya me estaba mirando antes de decidirlo.
Aparto la mirada.
Vuelvo.
Sigo ahí.
Eso es lo lógico.
Pero no sé qué parte de eso es lo que estoy comprobando.
Primer cambio de nivel
Antes pensaba:
“No recuerdo bien lo que pasa.”
Luego pensé:
“Recuerdo lo que pasa, pero no sé si lo viví.”
Ahora es peor.
Recuerdo haberlo vivido.
Pero no sé si el recuerdo apareció antes o después de que ocurriera.
Y eso cambia todo.
Porque ya no sé si recordar es recuperar algo.
O construirlo.
La puerta
La puerta está cerrada.
Creo.
Me acerco.
La toco.
Está cerrada.
Eso debería terminar el pensamiento.
Pero no.
Porque no recuerdo haberla cerrado.
Solo recuerdo haber asumido que estaría cerrada.
Y no sé si eso es lo mismo.
Prueba (primera vez que lo intento “arreglar”)
Hice una prueba.
Dejé la taza exactamente donde estaba.
Tomé una foto.
La imagen coincide.
Eso debería tranquilizarme.
Pero no lo hace.
Porque no recuerdo el momento en que decidí tomar la foto.
Solo recuerdo el resultado de haberla tomado.
Y eso no es lo mismo.
Creo.
Empieza a cambiar el foco
La taza no es el problema.
La pantalla tampoco.
Ni la alarma.
El problema es que necesito que algo permanezca igual.
Y no sé cuándo empecé a necesitarlo.
Algo más incómodo
Cierro la pantalla para dejar de comprobarla.
La vuelvo a abrir para comprobar que sigue cerrada.
No sé cuándo empezó eso.
Ni por qué parece razonable.
Solo sé que lo estoy haciendo sin decidirlo del todo.
El cuello
Tengo que mover el cuello.
No lo hago.
No porque no quiera.
Sino porque me detengo antes.
Para comprobar si todavía puedo querer moverlo.
Eso es lo extraño.
No el movimiento.
Sino la necesidad de comprobar el querer.
Durante un segundo pienso que lo entiendo.
Luego aparece una duda.
No sobre lo que está pasando.
Sino sobre quién empezó a necesitar entenderlo.
Tengo que mover el cuello no hay cuello…