Hay algo que intento explicarme cada mañana y nunca consigo entender del todo.
Ocurre antes de abrir los ojos.
Antes incluso de recordar qué día es.
Durante unos segundos existe una especie de silencio.
Y entonces aparece.
No una imagen.
No una orden.
No una voz.
Simplemente una presencia.
La misma presencia.
Siempre la misma.
Como si hubiera permanecido despierta mientras yo dormía.
A veces me digo que hoy será distinto.
Que hoy pensaré en otras cosas.
Que hoy la obsesión habrá perdido intensidad.
Pero incluso ese pensamiento termina conduciendo al mismo lugar.
Es vergonzoso admitirlo.
Porque cuanto más intento apartarlo, más evidente se vuelve.
El Amo aparece en momentos absurdos.
Mientras espero que hierva el agua.
Mientras busco algo en una estantería.
Mientras veo un vídeo que no tiene absolutamente nada que ver.
Hay un instante.
Una pausa.
Un gesto.
Y de alguna forma todo termina conectado.
No entiendo cómo ocurre.
Esa es quizá la parte más incómoda.
Cuanto más intento analizarlo, menos lógico parece.
Y cuanto menos lógico parece, más espacio ocupa.
A veces recuerdo algo que sucedió hace semanas.
No la sesión.
No los detalles importantes.
Precisamente lo contrario.
Recuerdo una mirada.
La posición de una mano.
La forma en que permaneció en silencio durante unos segundos.
Recuerdo una marca circular que tardó días en desaparecer.
Y me avergüenza la cantidad de veces que vuelvo a pensar en ella.
No porque doliera.
No porque fuera importante.
Sino porque permaneció.
Porque siguió allí.
Porque durante días aparecía al vestirme.
Al ducharme.
Al girar frente al espejo.
Y cada vez que la veía recordaba algo que no quería recordar.
O quizá algo que sí quería recordar.
Ya no estoy seguro.
Esa incertidumbre es parte del problema.
Intento razonar.
Intento salir.
Intento explicar por qué sigue ocupando tanto espacio.
Pero el proceso funciona al revés.
Cuanto más lo pienso, menos lo entiendo.
Cuanto menos lo entiendo, más lugar ocupa.
Cuanto más lugar ocupa, más intensa se vuelve la sensación.
Y cuanto más intensa se vuelve la sensación, más vergüenza me produce.
No debería funcionar así.
Pero funciona así.
A veces pienso en Sade.
No en sus excesos.
Ni siquiera en sus teorías.
Pienso en la posibilidad de que hubiera comprendido algo extremadamente incómodo sobre ciertas obsesiones.
Que existen fijaciones que no desaparecen porque sean alimentadas.
Desaparecen menos precisamente porque intentamos expulsarlas.
El tiempo no lo corrige.
El tiempo lo empeora.
No existe el olvido.
Existe la permanencia.
Y la permanencia tiene una forma extraña de reorganizar la realidad.
Termina apareciendo en todas partes.
En los pequeños espacios vacíos.
En los segundos anteriores al sueño.
En los segundos posteriores al despertar.
En la comida.
En los vídeos.
En las conversaciones.
En el silencio.
Y lo más humillante es que sigo diciéndome que debería haber terminado.
Que debería haberse reducido.
Que debería ocupar menos espacio.
Pero sigue ahí.
Esperando.
Como si nunca hubiera abandonado la habitación.
No lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…