No sé en qué momento dejé de estar seguro de que esto era una persecución.
Hay una parte de mí que todavía lo llama así por costumbre.
Pero ya no sé si alguien me persigue.
O si he aprendido a ocupar exactamente el lugar donde me están mirando.
La primera anomalía no es el cerco.
Es que mi cuerpo lo reconoce antes que yo.
Digo “presa”, pero la palabra ya no encaja.
Porque una presa intenta escapar.
Y yo no siempre sé si estoy intentando escapar o simplemente ajustarme mejor.
Hay una vergüenza que aparece tarde.
No cuando ocurre la presión.
Sino cuando me doy cuenta de que la estoy recordando con demasiada precisión.
El Amo no necesita cerrar el espacio.
El espacio se cierra con mi manera de interpretarlo.
Y eso es lo que no me atrevo a pensar demasiado tiempo seguido.
No hay línea de persecución.
Hay un mapa que se reescribe cada vez que intento ubicarme dentro de él.
A veces creo que el cerco no está alrededor de mí.
Sino que soy yo el que está aprendiendo su forma desde dentro.
Y esa idea no produce miedo.
Produce algo peor.
Una especie de familiaridad que no debería existir.
La habitación de cal ya no es un laboratorio.
Es un lugar donde mi memoria se comporta como si ya hubiera aceptado todo lo que aún estoy describiendo.
Intento escribir “me están cerrando el paso”.
Pero mientras lo escribo, la frase pierde agresividad.
Se vuelve descripción neutral.
Casi técnica.
Y eso me inquieta más que la amenaza.
No es la captura lo que me desarma.
Es la forma en que mi lenguaje deja de oponerse a ella.
Hay momentos en los que me detengo.
No porque el sistema cambie.
Sino porque yo me doy cuenta de que estoy narrándolo con una calma que no me corresponde.
La peor inversión no es ser presa.
Es descubrir que la idea de ser presa organiza demasiado bien lo que siento.
El cuerpo ya no reacciona tarde.
Reacciona antes.
Y eso hace imposible distinguir anticipación de recuerdo.
Empiezo a sospechar algo que no quiero formular del todo:
que el cerco no me rodea.
Me define.
Y que incluso esta frase —“me define”— ya es una forma de consentimiento narrativo.
No hay cierre.
Solo la vergüenza de seguir describiendo algo que empieza a parecerse demasiado a una forma de pertenencia.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…