La faja seguía sobre la mesa.
No recordaba haberla dejado allí.
Lo extraño era que tampoco recordaba haberla quitado.
La lona gris permanecía enrollada sobre sí misma como si todavía conservara la forma de un cuerpo ausente.
Durante varios segundos me limité a observarla.
La misma costura.
La misma hebilla.
La misma deformación cerca del cierre.
La sensación de familiaridad apareció inmediatamente.
No era reconocimiento.
Era algo peor.
La impresión de estar llegando tarde.
Encontré una nota debajo de una de las correas.
No parecía reciente.
El papel estaba doblado varias veces.
La letra era mía.
Eso ya no significaba nada.
La frase decía:
«No la ajustes tanto esta vez.»
Sonreí.
Por primera vez una nota parecía ofrecer ayuda.
La dejé sobre la mesa.
Entonces vi otra.
Estaba debajo de la primera.
No recordaba haberla visto.
La abrí.
«Nunca estuvo demasiado ajustada.»
Me quedé inmóvil.
Las dos frases anulaban cualquier posibilidad de orientación.
La habitación parecía disfrutar de aquello.
La cal absorbía los sonidos.
Las paredes devolvían únicamente ecos incompletos.
Miré la faja otra vez.
Había una fotografía asomando bajo el borde de la lona.
La extraje con cuidado.
Era una imagen del mismo cuarto.
La misma mesa.
La misma luz.
La misma espera.
En la fotografía la faja rodeaba mi abdomen.
La fecha pertenecía al mes siguiente.
No al anterior.
Al siguiente.
Volví a comprobarla.
Después otra vez.
No mejoró.
Durante un momento pensé que se trataba de un error.
Después observé algo peor.
La fotografía estaba firmada.
Con mi nombre.
Y una anotación escrita a mano.
«Esta fue la última vez que respiraste normalmente.»
Sentí un movimiento involuntario en la garganta.
No estaba seguro de haber tragado saliva.
No estaba seguro de haber respirado.
La presión apareció alrededor del torso.
Muy leve.
Como un recuerdo físico intentando recuperar espacio.
Miré la faja.
Seguía inmóvil.
Sin embargo algo había cambiado.
Una de las correas estaba extendida.
Juraría que antes estaba cerrada.
Abrí la galería del teléfono.
Había diecisiete capturas de aquella habitación.
No recordaba haberlas tomado.
Las revisé una por una.
En todas aparecía la misma escena.
Excepto por un detalle.
La posición de mi cuello.
En algunas miraba hacia la puerta.
En otras hacia el suelo.
En las últimas directamente hacia la cámara.
Como si hubiera sabido que alguien iba a observarlas.
Encontré una captura especialmente extraña.
Mostraba una nota sobre la mesa.
Todavía no estaba allí.
Levanté la vista.
La mesa permanecía vacía.
Volví a la fotografía.
La nota seguía apareciendo.
Podía leerla perfectamente.
«No revises la siguiente carpeta.»
Naturalmente busqué la carpeta.
Existía.
No recordaba haberla creado.
Dentro había una única imagen.
La imagen mostraba la pantalla abierta en ese mismo instante.
Durante varios segundos no entendí lo que estaba viendo.
Después comprendí.
La captura había sido tomada antes de que yo abriera la carpeta.
Tuve que sentarme.
O quizá ya estaba sentado.
No estoy completamente seguro.
El aire sabía a yeso húmedo y metal antiguo.
La habitación parecía más pequeña.
O yo más rígido.
Volví a mirar la faja.
La lona seguía esperando.
Como si conociera el siguiente movimiento.
Como si siempre lo hubiera conocido.
Tengo que mover el cuello.
O creo que tengo que moverlo.
La nota que todavía no existe dice que ya lo hice.
La fotografía afirma lo contrario.
Y por primera vez no sé cuál de las dos está equivocada.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…