El laberinto erótico, en el mecanismo de la ingeniería de la fijeza, no empieza como arquitectura. Empieza con una duda mínima: una puerta que no sé si estaba abierta o si la acabo de empujar sin querer.
El aire dentro cambia antes de que entienda por qué.
Sade no aparece como teoría. Aparece tarde, como una explicación que llega después de un gesto que ya ocurrió.
He dado dos pasos y ya no recuerdo si eran hacia dentro o hacia fuera.
El pasillo no tiene señales claras. O quizá sí las tiene, pero no las miro el tiempo suficiente como para fijarlas.
Hay una textura en la pared, polvo o yeso, que se desprende cuando paso la mano. No sé si lo he hecho por curiosidad o por comprobar que todavía puedo tocar algo sin que responda.
Siento algo detrás de mí. No giro la cabeza.
No porque lo ignore.
Sino porque el giro llegaría tarde.
Y eso lo cambia todo.
El laberinto no se siente como estructura. Se siente como una decisión que ya fue tomada en otro lugar del cuerpo.
Y ahora solo la estoy recorriendo.
Sin recordar cuándo acepté hacerlo.
Hay un momento en el que pierdo la certeza de si estoy avanzando o repitiendo el mismo tramo con variaciones mínimas.
El eco de mis pasos no coincide del todo con el ritmo de mis piernas.
Eso me inquieta más que la propia dirección.
Sade, si está aquí, no organiza nada. Solo observa que el recorrido ya no necesita explicación para continuar.
El pensamiento llega después del movimiento, como si fuera una corrección.
Pero el cuerpo no espera correcciones.
Solo sigue.
Y en algún punto —no sé cuál— el pasillo deja de ser pasillo.
No se rompe.
Simplemente deja de prometer salida.
Y esa es la primera forma real de fijeza.
No la estructura.
Sino la pérdida de la expectativa de estructura.
Sigo avanzando.
Pero ahora el avance no tiene garantía de diferencia.
Solo de continuidad.
Entro en el pasillo sin darme cuenta de que ya he elegido una dirección.
No hay decisión clara.
Solo el cuerpo avanzando un poco antes que la comprensión.
Y cuando intento recordar el punto exacto donde podría haber girado, no lo encuentro.
El aire dentro del pasillo es distinto al de antes.
No más frío.
No más denso.
Solo… más continuo.
Como si no quisiera separarse de sí mismo.
Hay una esquina que parece igual que las otras.
Pero me detengo un instante más de lo necesario.
No sé por qué.
No hay nada que mirar ahí.
Y aun así, no sigo de largo.
Sade no aparece como explicación.
Aparece después.
Cuando ya he seguido caminando unos pasos sin recordar por qué no me he detenido antes.
La habitación de cal no se percibe de golpe.
Se revela tarde.
Primero es solo una leve sensación de que el espacio se ha vuelto menos divisible.
Como si cada pared estuviera ligeramente más cerca de la siguiente.
Sin moverse.
El polvo en el borde del suelo parece haber cambiado de lugar.
O quizá no.
No tengo forma de comprobarlo sin inclinarme demasiado.
Y no me inclino.
Pero lo sigo mirando.
En algún punto me doy cuenta de algo incómodo:
no estoy recorriendo el espacio.
El espacio está continuando dentro de mí.
No es pérdida.
No es orientación.
Es algo más simple y más difícil de nombrar:
un movimiento que no sabe que ya empezó.
El cuerpo ajusta el paso sin pedir permiso.
No hay resistencia visible.
Solo un pequeño retraso entre la intención y lo que ya está ocurriendo.
Y en ese retraso aparece la pregunta que no se formula:
si todavía podría haber salido antes de notar esto.
Pero la pregunta no avanza.
Se queda suspendida, como el polvo en el borde de la luz.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…