Han pasado días.
No sé cuántos pensamientos.
No sé cuántas veces he intentado resolverlo.
Solo sé que sigo llegando exactamente al mismo lugar.
No me gusta ser sumiso.
La frase continúa apareciendo.
A veces surge nada más abrir los ojos.
A veces mientras camino.
A veces en mitad de una conversación.
Como si una parte de mí siguiera intentando detener algo que otra parte ya ha decidido continuar.
No me gusta ser sumiso.
Y sin embargo sigo pensando en ello.
Sigo volviendo.
Sigo recorriendo los mismos recuerdos una y otra vez.
Como alguien que examina una fotografía buscando un detalle que ya conoce perfectamente.
Y entonces aparece aquella pared.
Siempre aquella pared.
No recuerdo todo lo ocurrido durante aquella sesión.
Recuerdo fragmentos.
Sensaciones.
Silencios.
Instantes aislados.
Pero hay algo que vuelve con una claridad insoportable.
Las líneas rojas.
Dos estaban juntas.
Eso parecía lógico.
Podían pertenecer a cualquier cosa.
Una marca.
Un roce.
Algún objeto desplazado años atrás.
Pero la tercera no.
La tercera estaba separada.
A cierta distancia.
Sola.
Vertical.
Y demasiado arriba.
Casi junto al marco superior de la puerta.
Eso es lo que sigue persiguiéndome.
No la marca.
La pregunta.
¿Cómo había llegado hasta allí?
¿Por qué estaba tan arriba?
¿Por qué seguía pensando en ella?
Durante la sesión la observé varias veces.
Sin moverme.
Sin decir nada.
Sin apartar la mirada durante largos periodos.
Y ahora, días después, sigue apareciendo.
A veces con más nitidez que los rostros de las personas con las que hablé ayer.
Eso es lo que empieza a preocuparme.
Porque mi amigo habla.
Yo respondo.
Nos reímos.
Recordamos historias.
Todo funciona.
Todo parece normal.
Y sin embargo algo permanece desenfocado.
Como si el mundo hubiera perdido resolución.
Como si todas las cosas continuaran siendo reconocibles pero hubieran perdido densidad.
Entonces mi mirada se queda quieta.
Una pared.
Lisa.
Perfectamente pintada.
Sin marcas.
Sin líneas.
Sin nada que examinar.
Y precisamente por eso vuelvo a pensar en aquella otra pared.
Las dos líneas juntas.
La tercera separada.
La distancia exacta entre ellas.
La altura imposible.
Y la habitación regresa completa.
No como una fantasía.
Como una coordenada.
Como un lugar donde todo parecía tener una definición que ahora no encuentro.
Entonces aparece la tristeza.
No una tristeza dramática.
No una tristeza visible.
Algo más silencioso.
Más difícil de explicar.
La sensación de que no sé cuándo volveré allí.
La sensación de que no existe una fecha.
Ni una respuesta.
Ni una certeza.
Solo espera.
Y lo peor es que la espera sigue creciendo.
Porque cuanto más intento alejarme del tema, más espacio ocupa.
Cuanto más intento comprenderlo, menos lo entiendo.
Y cuanto menos lo entiendo, más importante parece volverse.
A veces pienso que la obsesión funciona exactamente al revés de cualquier otra cosa.
Las cosas normales disminuyen cuando dejan de estar presentes.
Esto no.
Esto aumenta.
Se expande.
Se reorganiza.
Encuentra nuevas formas de aparecer.
Y una parte de mí sigue formulando la misma pregunta.
¿Quién era yo antes de que todo esto empezara a ocupar tanto espacio?
No encuentro una respuesta clara.
Solo encuentro aquella habitación.
Aquella puerta.
Aquella tercera línea roja.
Y la sensación insoportable de que sigo esperando algo cuyo momento de regreso desconozco por completo.
El cuello no lo estoy moviendo…