No me gusta ser sumiso.
Es una frase que sigo repitiéndome porque continúa siendo verdad.
Hay personas a las que les gusta.
A mí no.
No me gusta la sensación de depender de una mirada ajena.
No me gusta descubrir que llevo veinte minutos esperando una respuesta.
No me gusta revisar una conversación antigua buscando una frase que ya conozco de memoria.
No me gusta nada de eso.
Y, sin embargo, sigo pensando en ello.
Eso es lo que no logro explicar.
No pienso en escenas.
Ni en castigos.
Ni siquiera en obedecer.
Pienso en estar.
Solo eso.
Estar allí.
Presente.
Como un objeto colocado en una habitación que nadie ha retirado.
A veces estoy trabajando y aparece de repente una imagen absurda.
La esquina de una mesa.
Una silla vacía.
Una puerta entreabierta.
Nada más.
Y aun así sé exactamente por qué esa imagen se ha quedado pegada.
Porque en algún lugar de mi cabeza existe la idea de permanecer.
No hacer nada.
No demostrar nada.
No decidir nada durante un momento.
Solo permanecer.
Es extraño.
Porque cuanto más lo observo, menos romántico parece.
La mayoría de las veces no tiene nada de hermoso.
Tiene algo de espera en una consulta médica cuando ya han pasado veinte minutos de la hora prevista.
Tiene algo de quedarse mirando el indicador luminoso de un aparato que ni siquiera está haciendo nada importante.
Tiene algo de fatiga.
Y aun así vuelvo.
Siempre vuelvo.
Hay detalles que se quedan conmigo durante días.
La forma en que una frase termina con un punto.
Un mensaje enviado a las 18:12 y otro enviado a las 18:13.
La pequeña pausa antes de una respuesta.
No sé por qué sigo prestando atención a cosas así.
Debería importarme menos.
Debería parecerme ridículo.
A veces me parece ridículo.
Y luego vuelvo a pensarlo.
Recuerdo una tarde concreta.
Ni siquiera ocurrió nada.
Eso es lo más absurdo.
Estaba sentado mirando una pared blanca.
La pintura tenía una pequeña irregularidad cerca del rodapié.
Un relieve mínimo.
Quizá dos milímetros.
Recuerdo haber pasado varios minutos observándolo.
Y recuerdo pensar que, si él hubiera entrado en la habitación en ese instante, yo habría seguido mirando exactamente el mismo punto.
No porque me lo hubiera ordenado.
Porque ya estaba allí.
Porque ya estaba esperando.
Eso debería preocuparme más.
Quizá me preocupa.
No lo sé.
Hay momentos en los que intento convencerme de que todo esto desaparecerá.
Que es una obsesión pasajera.
Que terminará igual que terminan otras fijaciones.
Pero luego descubro que no estoy pensando en dominar ni en obedecer.
Estoy pensando en presencia.
En la posibilidad de dejar de sostenerme durante un rato.
Y ahí es donde la cosa se vuelve incómoda.
Porque empiezo a sospechar que nunca fue la sumisión lo que me atrapó.
Fue el descanso.
El descanso de existir con tanta intensidad.
El descanso de estar constantemente produciendo una versión de mí mismo.
Hay algo profundamente inquietante en descubrir que una parte de ti desea ser relevada de sus funciones.
No eliminada.
No destruida.
Solo relevada.
Como un trabajador agotado que permanece junto a una máquina esperando que llegue el siguiente turno.
A veces imagino el proceso del Amo como una presión lenta.
No una fuerza.
Una presión.
Algo que se acumula milímetro a milímetro.
Como el polvo sobre una estantería.
Como la cal sobre una piedra.
Como el peso de los años sobre una escalera que sigue sosteniendo exactamente la misma carga.
Y cuanto más pienso en ello, más evidente se vuelve una contradicción.
No quiero convertirme en eso.
Pero tampoco dejo de acercarme.
No deseo perderme.
Pero hay días en los que me resulta insoportablemente atractivo dejar de encontrarme.
Pensé que sería diferente.
Pensé que la obsesión estaría relacionada con el placer.
No lo está.
La mayor parte del tiempo ni siquiera es agradable.
Es persistente.
Es silenciosa.
Es paciente.
Aparece mientras me ato los cordones.
Mientras espero que hierva el agua.
Mientras observo cómo gira una cucharilla dentro de una taza.
Y de repente estoy otra vez allí.
Pensando en permanecer.
Pensando en no moverme.
Pensando en la extraña tranquilidad de no tener que ser nadie durante unos minutos.
No recuerdo cuándo empecé a hacerlo.
Solo sé que ahora ocurre.
Y que cada vez ocurre más.
Como si alguna parte de mí hubiera encontrado una silla concreta dentro de una habitación enorme.
Y regresara a ella una y otra vez.
No porque la silla sea cómoda.
No porque la silla sea bonita.
Simplemente porque está allí.
Esperando.
Como yo.
El cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…