No sé exactamente cuándo empezó.
Eso es lo que más me molesta.
Porque si pudiera señalar un día concreto, una página concreta, una frase concreta, entonces podría decir que fue una influencia.
Algo que llegó desde fuera.
Pero no fue así.
Creo que empezó con una palabra.
Una palabra cualquiera.
Obediencia.
La vi en una pantalla.
Ni siquiera estaba buscando eso.
O eso me repito.
Lo extraño es que no recuerdo el artículo.
No recuerdo la imagen.
No recuerdo quién lo escribió.
Solo recuerdo la palabra.
Y recuerdo haber vuelto a ella.
Luego otra vez.
Y otra.
Como si hubiera algo escondido detrás.
Como cuando una canción se queda atrapada en la cabeza y ya no sabes si te gusta o si simplemente no consigue marcharse.
Durante semanas no pasó nada.
O eso parecía.
Leía.
Cerraba la ventana.
Seguía con mi día.
Trabajaba.
Comía.
Respondía mensajes.
Todo normal.
Pero empecé a notar algo raro.
Siempre terminaba leyendo los mismos textos.
No los mismos temas.
Los mismos textos.
Como si buscara una frase concreta.
Una frase que nunca aparecía.
Una noche hice algo ridículo.
Abrí el historial del navegador.
Quería demostrarme que estaba exagerando.
Quería ver que aquello ocupaba diez minutos de vez en cuando.
Nada más.
La pantalla tardó un segundo en cargar.
Luego otro.
Y otro.
Recuerdo perfectamente la sensación.
Vergüenza.
No porque hubiera nada explícito.
Sino porque no esperaba encontrar tanto.
Había páginas.
Muchas.
Más de las que recordaba.
Más de las que era capaz de justificar.
Me quedé mirando una entrada concreta.
No tenía nada especial.
Era una explicación aburrida.
Casi técnica.
Pero había entrado seis veces.
Seis.
No recordaba cinco de ellas.
Pensé que debía de ser un error.
Al día siguiente volví a comprobarlo.
Seguía ahí.
Seis visitas.
La cifra no cambió.
La sensación sí.
Porque dejé de preguntarme qué estaba leyendo.
Y empecé a preguntarme quién era exactamente la persona que volvía.
Hay una diferencia.
No enorme.
Pero suficiente.
La silla donde me siento sigue siendo la misma.
La lámpara sigue en el mismo sitio.
La taza sigue acumulando manchas de café sobre el escritorio.
Nada parece haber cambiado.
Y sin embargo hay momentos en los que leo una frase y siento algo parecido al reconocimiento.
No excitación.
Todavía no.
Sería más fácil si fuera solo eso.
Es otra cosa.
Más incómoda.
Más difícil de explicar.
Como encontrar una fotografía tuya de hace diez años y descubrir una expresión que sigues haciendo hoy.
Algo familiar.
Algo que ya estaba ahí.
Hace unos días ocurrió algo absurdo.
Estaba leyendo antes de dormir.
Nada especialmente intenso.
Nada nuevo.
Entonces encontré una frase subrayada.
No la recordaba.
La había marcado semanas atrás.
La frase decía:
«No estás descubriendo nada.
Solo estás encontrando el nombre.»
Me quedé inmóvil.
Porque no recordaba haberla marcado.
Pero reconocí inmediatamente el impulso que había llevado mi mano hasta ella.
Era exactamente el mismo que sentía en ese momento.
Como si la versión anterior de mí hubiera dejado una nota.
Como si hubiera sabido que iba a volver.
La habitación estaba en silencio.
Escuchaba el ruido de una tubería en algún lugar del edificio.
Un sonido pequeño.
Metálico.
Regular.
Y por primera vez tuve la sensación de que el problema no era lo que estaba leyendo.
El problema era que cada vez entendía menos por qué intentaba dejar de leerlo.
Cerré el portátil.
Lo dejé sobre la mesa.
Me levanté.
Fui a la cocina.
Bebí agua.
Volví.
El portátil seguía cerrado.
Pero ya sabía que iba a abrirlo otra vez.
No por curiosidad.
La curiosidad ya había pasado.
Era algo peor.
Algo más íntimo.
Más vergonzoso.
La sensación de estar reconociendo una parte de mí que llevaba mucho tiempo esperando quedarse a solas conmigo.
Y lo más extraño es que no sentí miedo.
Sentí alivio.
Eso es lo que todavía me cuesta admitir.
La puerta sigue abierta.
Es eso lo que me preocupa.
Tengo que mover el cuello…