Para el Operador, esto no es castigo.
Eso sería demasiado limpio.
Lo que ocurre empieza antes del impacto.
Siempre antes.
A veces lo noto en algo absurdo: el fuste vibra un poco en su propio aire, como si dudara medio milímetro antes de tocarme. Y ese milímetro ya lo siento en la piel.
El primer contacto no es claro.
Es torpe.
Como si la superficie no supiera exactamente dónde empezar a obedecer.
El sonido es seco, pero no uniforme. Hay una parte más hueca, como cuando alguien golpea una mesa vieja con una cucharilla y no con la intención correcta.
Y lo extraño es esto:
me fijo en el sonido más que en el golpe.
Eso no debería pasar.
El segundo impacto llega y noto algo ridículo: el borde de mi manga está ligeramente enrollado hacia dentro. No sé cuándo pasó. Pero ahora me molesta exactamente en el mismo punto donde el golpe todavía no ha terminado de asentarse.
Es como si mi ropa llegara primero que mi pensamiento.
El Operador no cambia la intensidad de forma evidente.
Pero mi espalda sí lo sabe.
No lo pienso como dolor.
Lo pienso como “demasiado cerca”.
Hay una diferencia rara.
El dolor sería un evento.
Esto no es un evento. Es continuidad.
Y empiezo a notar cosas que no debería notar:
el aire entre golpe y golpe cambia de temperatura muy ligeramente, como si la habitación respirara mal conmigo
la piel tiene un retraso extraño, como si el mensaje viajara con una demora mínima
la cuerda del fuste deja un sonido que no se va del todo, se queda enganchado en el borde del oído, como una palabra mal pronunciada
Hay un momento en el que me doy cuenta de algo incómodo:
estoy esperando el siguiente golpe con una parte de mí que no quiere admitir que lo está esperando.
Y mientras lo espero, me distraigo con algo absurdo.
Una mota de polvo en el aire.
No flotando bonito. No. Girando mal. Como si no supiera dónde caer.
La veo demasiado tiempo.
Demasiado.
El siguiente impacto no sorprende.
Eso es lo peor.
Ya lo había anticipado sin querer.
Y ahí el cuerpo hace algo raro: se adelanta medio segundo al pensamiento. No para protegerse. Solo para colocarse.
Como si estuviera intentando encajar en una lógica que no le pertenece.
Y hay un detalle pequeño, casi tonto:
el roce de la hebilla contra la piel del costado cambia de sitio un milímetro.
solo un milímetro.
pero ese milímetro lo cambia todo.
No sé por qué lo registro.
Sigo.
El aire se vuelve más pesado en la exhalación, pero no siempre. Solo después de ciertos golpes. Como si el sistema tuviera días malos dentro del mismo minuto.
Y me sorprendo pensando algo torpe:
“esto no debería sentirse así”.
Pero no sé a qué “así” me refiero.
Solo sé que lo noto demasiado.
Y eso es lo único constante.
El cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…