Hay un hilo suelto dentro del corsé. Me roza cada vez que respiro y me da rabia no poder ignorarlo.
Es absurdo, porque no debería importar.
Pero es lo único que importa.
La cuerda no hace ruido cuando se ajusta. Eso es lo primero que me desconcierta. Espero siempre algún tipo de señal: un crujido, una advertencia, algo que justifique el cambio.
No hay nada.
Solo el cuerpo cambiando de forma sin pedirme permiso.
Intento encoger un poco el abdomen.
No por escapar.
Por comprobar si sigo siendo yo quien lo decide.
El gesto llega… tarde.
Como si hubiera tenido que viajar por otra parte del cuerpo antes de obedecerme.
Me da vergüenza pensar eso.
Me da más vergüenza que sea cierto.
Hay un punto, justo debajo del esternón, donde todo se vuelve demasiado presente.
No duele exactamente.
Tampoco es presión.
Es otra cosa.
Como cuando uno se da cuenta de que lleva demasiado rato sin moverse y el cuerpo lo está señalando sin hablar.
El aire entra distinto.
No falta.
Pero ya no es neutro.
Tiene textura.
Como si el pecho tuviera que negociarlo.
Me sorprendo pensando en algo completamente fuera de lugar: una silla de cocina desajustada, una pata más corta que las otras, el sonido que hace al arrastrarse.
Ese pensamiento no encaja aquí.
Y sin embargo me salva un segundo.
Luego desaparece.
Vuelve el cuerpo.
Siempre vuelve el cuerpo.
Y lo extraño es que no hay un momento claro en el que decida rendirme.
No hay decisión.
Solo continuidad.
El ajuste sigue siendo el mismo.
La diferencia soy yo.
Me descubro acomodándome.
Pequeños gestos.
Inclinar la cabeza un milímetro.
Soltar los hombros como si siempre hubieran estado así.
No me gusta esa palabra: “soltar”.
Porque no es soltar.
Es aceptar una forma nueva sin haberla discutido.
Y lo peor es que funciona.
Demasiado bien.
Por un instante pienso algo ridículo:
“así está mejor”.
Y me detengo en seco dentro de ese pensamiento.
Como si me hubiera escuchado otra persona.
Se ha bloqueado el cuello debería…