Abrí la carpeta porque reconocí el nombre.
Eso fue lo extraño.
No recordaba haberla creado.
Pero reconocí el nombre inmediatamente.
Había otras carpetas alrededor.
Fechas.
Capturas.
Documentos.
Sin embargo aquella parecía esperarme.
La abrí.
Dentro encontré una fotografía de la habitación de cal.
La misma pared.
Las mismas grietas.
La misma silla.
Durante unos segundos pensé que era una fotografía reciente.
Después vi el calendario.
La imagen tenía más de un año.
Volví a mirar la pared.
Las grietas coincidían exactamente.
No casi.
Exactamente.
Me acerqué.
Conté una por una.
La fractura vertical junto a la ventana.
La línea oscura cerca del suelo.
La pequeña bifurcación en forma de gancho.
Todas estaban allí.
Como si nada hubiera cambiado.
O como si la fotografía hubiera sido tomada después.
Cerré la imagen.
La abrí otra vez.
No mejoró.
Había diecisiete archivos.
La mayoría eran fotografías de la misma habitación.
Tomadas en fechas distintas.
La luz cambiaba.
El polvo cambiaba.
Las grietas no.
En la sexta fotografía apareció algo nuevo.
Una bota.
Solo la punta.
Entrando desde el borde inferior de la imagen.
No parecía importante.
Sin embargo seguí mirándola.
Tenía la sensación incómoda de haber visto aquella misma fotografía antes.
No la imagen.
El acto de verla.
Como si estuviera recordando el recuerdo de observarla.
Abrí la siguiente captura.
La bota ya estaba más cerca.
En la siguiente también.
Y en la siguiente.
No era una secuencia normal.
Tardé unos segundos en comprenderlo.
La distancia entre la bota y la cámara disminuía.
Pero las fechas avanzaban hacia atrás.
Me quedé observando la pantalla.
Después comprobé las fechas otra vez.
Luego una tercera vez.
No cambió nada.
Al fondo de la carpeta encontré un archivo de texto.
Solo una línea.
«No estabas aquí.»
La frase no me produjo miedo.
Lo que me inquietó fue reconocerla.
Sabía que ya la había leído.
No recordaba dónde.
Seguí buscando.
En otra carpeta encontré una nota escaneada.
La letra era mía.
La frase era distinta.
«Nunca te fuiste.»
Me quedé mirando ambas pantallas abiertas al mismo tiempo.
Las dos parecían verdaderas.
Las dos parecían incompatibles.
Mientras intentaba decidir cuál era anterior, noté algo extraño.
Había perdido casi dos horas.
No una sensación de tiempo.
Dos horas reales.
El reloj del sistema estaba abierto en una esquina.
Había una captura de pantalla tomada durante ese intervalo.
No recordaba haberla hecho.
En la imagen aparecía la misma carpeta.
La misma nota.
La misma fotografía de la bota.
Y una ventana adicional.
Un documento que ya no estaba abierto.
Amplié la captura.
Solo contenía una frase.
«Vas a mirar la fecha.»
Levanté la vista.
Ya lo estaba haciendo.
Durante unos segundos permanecí inmóvil.
Después encontré otra imagen.
Era antigua.
Mucho más antigua.
En ella aparecía alguien sentado frente al ordenador.
La resolución era mala.
La habitación estaba oscura.
Pero podía distinguir una cosa.
La persona de la fotografía estaba girando el cuello hacia la izquierda.
Amplié la imagen.
Sentí una familiaridad inmediata.
Como si hubiese visto ese movimiento cientos de veces.
Miré la fecha.
La fotografía era anterior a la primera nota.
Anterior a la primera carpeta.
Anterior incluso al primer archivo que conservaba.
Seguí observándola.
No recuerdo cuánto tiempo.
Lo último que encontré aquella noche fue otra nota.
Solo una línea.
«Esta no es la primera vez que encuentras la fotografía.»
No intenté comprobarlo.
Creo que tenía que mover el cuello.
O quizá ya lo había movido.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…