El Algoritmo del Azote: La Aritmética del Dolor como Infraestructura de Fe

Empiezo a sospechar que el Amo ya no sobrevive en mi memoria a través de las órdenes.

Sobrevive a través de los detalles.

Eso es lo que resulta inquietante.

Porque las órdenes terminan.

Las sesiones terminan.

Incluso la espera debería terminar.

Pero los detalles no.

Los detalles siguen reproduciéndose.

Llevan tres días creciendo.

Tres días exactos.

Y cuanto más intento entender por qué siguen ahí, menos lo entiendo.

Y cuanto menos lo entiendo, más espacio ocupan.

Durante mucho tiempo pensé que la obsesión consistía en recordar lo importante.

Ahora sospecho que consiste en recordar aquello que nunca debería haber importado.

Por ejemplo, la marca del techo.

No era grande.

Ni especialmente visible.

Ni tenía ninguna relación con lo que estaba ocurriendo.

Y sin embargo sigo viéndola.

Tenía forma de punta de lanza.

Nada más.

Una pequeña irregularidad en el techo.

Un triángulo alargado.

Una figura insignificante.

Pero ahora parece contener más información que la propia sesión.

Puedo reconstruirla con una precisión ridícula.

El ángulo.

La orientación.

La manera en que la luz la tocaba.

La frecuencia con la que mis ojos regresaban a ella.

Porque no podía mirar al Amo.

No podía mirar ninguna otra parte.

Y aquella forma terminó convirtiéndose en una especie de coordenada.

Un punto fijo.

Un lugar donde permanecer mientras todo lo demás ocurría.

Después están las marcas de la pared.

Durante mucho tiempo pensé que eran dos.

Estoy completamente seguro de haber pensado que eran dos.

Dos líneas verticales rojizas.

Muy arriba.

Casi a la altura del marco superior de la puerta.

Como si alguien hubiera arrastrado un mueble rojo años atrás.

Como si fueran restos de una acción olvidada.

Pero no eran dos.

Eran tres.

La tercera estaba ligeramente separada hacia la izquierda.

Lo descubrí mucho después.

Y todavía recuerdo la sensación exacta.

No fue sorpresa.

Fue algo peor.

La sensación de que el mundo había cambiado discretamente mientras yo observaba.

Como si aquella tercera línea hubiera estado allí todo el tiempo.

Esperando.

Y ahora, tres días después, sigo pensando en ella.

No en el Amo.

No en los azotes.

No en la espera.

Pienso en una tercera marca roja que apareció donde antes había dos.

Y eso me parece profundamente alarmante.

Porque empiezo a comprender que la obsesión no funciona como una memoria.

Funciona como un sistema de selección.

Decide por sí sola qué conservar.

Decide por sí sola qué amplificar.

Decide por sí sola qué fragmentos merecen sobrevivir.

Y los fragmentos que elige nunca son los que yo habría elegido.

Por eso todo se vuelve más difícil de explicar.

Porque cuando intento describir lo que echo de menos, no aparecen acontecimientos.

Aparecen coordenadas.

La punta de lanza del techo.

Las tres marcas rojas.

El polvo inmóvil.

Un cabello largo de color castaño.

La distancia exacta entre una línea y otra.

La textura de la pintura.

La altura imposible de aquellas marcas.

Y cuanto más aparecen esos detalles, más extraño se vuelve todo.

Porque empiezo a sospechar que el Amo ya no existe dentro de mis recuerdos.

Existe dentro de la forma en que observo.

Ha alterado el mecanismo de observación.

Ha cambiado la escala de importancia.

Ha reorganizado la jerarquía de lo real.

Por eso la tristeza resulta tan difícil de identificar.

No parece tristeza.

Parece desplazamiento.

Como si una parte de mí siguiera permaneciendo en aquella habitación.

Mirando aquella marca del techo.

Contando aquellas líneas.

Esperando que algo continúe.

Esperando un final que ya ocurrió.

Y cuanto más intento regresar completamente al presente, más descubro que sigo allí.

Observando.

Contando.

Comparando.

Buscando.

Como si la sesión hubiera terminado para el cuerpo.

Pero no para la atención.

Y quizá ahí reside el verdadero problema.

Porque la atención nunca regresó.

Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…