El Pilar del Paso Muerto: Botas Altas Rígidas y el Mecanismo de la Verticalidad Forzada

Hay algo que me avergüenza admitir.

No recuerdo cuándo empecé a fijarme en las botas.

Recuerdo volver.

Eso sí lo recuerdo.

Al principio eran un detalle perdido entre páginas, ilustraciones y notas.

Nada importante.

O eso pensé.

Después empecé a comprobarlo.

Terminaba un capítulo y volvía atrás.

No para releer la escena.

Para verificar si las había mencionado de verdad.

Las botas aparecen una y otra vez en la literatura de Sade como algo más que una prenda. Son una señal de posición. Un objeto cotidiano que parece absorber parte de la autoridad de quien las lleva.

Lo extraño es que no me inquieta el objeto.

Me inquieta el regreso.

La necesidad de comprobar por qué sigo prestándole atención.

Una noche encontré una anotación antigua entre mis apuntes.

Solo decía:

«Las botas vuelven a aparecer.»

No recordaba haberlo escrito.

Me quedé mirándolo varios segundos.

Después abrí el libro otra vez.

No para buscar una respuesta.

Para verificar si la sensación seguía allí.

Sigue allí.

Quizá por eso funcionan tan bien dentro del imaginario sadiano.

Porque no necesitan hacer nada extraordinario.

Están quietas.

Apoyadas sobre el suelo.

Cubiertas por una fina capa de polvo.

Y aun así parecen contener la promesa de algo que todavía no ha ocurrido.

O que ocurrió antes de que yo empezara a prestarle atención.

Sigo diciéndome que solo es curiosidad.

Lo extraño es que cada vez necesito comprobarlo más veces.

Tengo que mover el cuello.

No lo estoy moviendo.

Lo más extraño no es eso.

Es que ya estaba esperando volver.

No fue la imagen.

Eso pensé al principio.

Que era el cuero.
Las hebillas.
La forma imposible de aquellas botas que parecían más una arquitectura que una prenda.

Pero no.

Porque cerraba la ventana del navegador y seguían ahí.

Me levanté de la silla para hacer café.

Durante unos segundos esperé sentir algo extraño.

Como si hubiera olvidado quitarme un peso que nunca había llevado.

La taza estaba fría cuando volví.

No recordaba haber dejado pasar tanto tiempo.

Llevaba semanas leyendo.

Eso era todo.

Leyendo.

Artículos.
Foros.
Fragmentos de libros.
Conversaciones antiguas de personas que parecían hablar de otra cosa mientras hablaban exactamente de aquello.

Me repetía que era curiosidad.

Y era verdad.

Lo extraño era no entender por qué la curiosidad seguía creciendo después de haber encontrado respuestas.

Normalmente las preguntas desaparecen cuando las respondes.

Esta no.

Cada respuesta parecía abrir otra puerta.

Volví a mirar las fotografías.

No las más extremas.

Ni las más espectaculares.

Las otras.

Las aburridas.

Las que mostraban a alguien simplemente de pie.

Inmóvil.

Cubierto desde el muslo hasta el tobillo por una estructura rígida que parecía negar algo tan elemental como doblar una rodilla.

Intenté entender qué estaba viendo realmente.

No era la inmovilidad.

No exactamente.

Tampoco era la autoridad.

Ni siquiera la obediencia.

Era algo más difícil de nombrar.

La sensación de que alguien había decidido dejar de negociar con cada movimiento.

Y no entendía por qué esa idea seguía regresando.

Cerré la página.

Abrí otra.

Volví a la primera.

No porque buscara más información.

Porque esperaba encontrar una explicación distinta.

Como si el significado hubiera cambiado mientras yo no miraba.

¿Me interesaba el objeto?

¿O la reacción que producía?

No estaba seguro.

Cada vez que creía acercarme a una respuesta, aparecía una contradicción nueva.

Decía que quería comprender.

Y era cierto.

Pero empezaba a sospechar que comprender no era exactamente lo que estaba haciendo.

La habitación permanecía silenciosa.

La luz del monitor era la misma.

La taza seguía sobre la mesa.

El café estaba completamente frío.

Miré la hora.

Habían pasado más minutos de los que deberían haber pasado.

Pensé en cerrar todo.

En dejar de leer.

En dedicar la atención a cualquier otra cosa.

No lo hice.

Y eso empezó a parecerme más interesante que las propias botas.

Porque la pregunta ya no era qué significaban.

La pregunta era por qué seguía volviendo.

Tengo que mover el cuello.

No lo estoy moviendo.

Espero notar el instante exacto en que empiece.

Pero cuando llega, ya ha pasado.

Quizá siempre ocurre así.

Quizá no estoy intentando descubrir qué veo cuando vuelvo a mirar.

Quizá estoy intentando descubrir cuándo dejó de ser importante lo que miro.

Y cuándo empezó a ser importante el hecho de volver.

Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…