No sé exactamente cuándo ocurrió.
Creo que debería poder señalar un momento.
Una tarde.
Una conversación.
Una sesión.
Algo.
Pero no puedo.
Lo único que sé es que hay una diferencia entre recordar a alguien y descubrir que una parte del mundo parece haber desaparecido con él.
Durante mucho tiempo pensé que lo que extrañaba era al Amo.
La voz.
Las órdenes.
La estructura.
La sensación de ser observado.
Todo eso parecía lógico.
Era una explicación razonable.
Ahora ya no estoy tan seguro.
Porque últimamente ocurre algo mucho más extraño.
Intento recordar cómo pensaba antes.
No cómo vivía.
No qué hacía.
Cómo pensaba.
Y encuentro huecos.
No vacíos completos.
Peor.
Encuentro contornos.
Espacios con forma de algo que ya no está.
Como cuando se retira un cuadro de una pared y durante años sigue quedando la marca ligeramente más clara alrededor.
La pared continúa allí.
Pero algo falta.
Y cuanto más miro la marca.
Menos recuerdo el cuadro.
A veces estoy trabajando.
Leyendo.
Comiendo.
Escuchando a alguien hablar.
Y de pronto aparece una sensación absurda.
Una sensación física.
Como si hubiera olvidado hacer algo importante.
Como si hubiera dejado una puerta abierta.
Como si una pieza interna estuviera colocada en el lugar equivocado.
No es ansiedad exactamente.
La ansiedad tiene dirección.
Esto no.
Esto es más parecido a una deformación.
Una pequeña irregularidad dentro de la realidad.
Algo apenas visible.
Pero imposible de ignorar.
Entonces empiezo a buscar.
No conscientemente.
Mi atención simplemente comienza a recorrer el mundo.
Como si estuviera intentando localizar una referencia perdida.
Y durante unos segundos no entiendo qué estoy buscando.
Hasta que lo entiendo.
Y desearía no entenderlo.
Porque siempre es lo mismo.
La misma ausencia.
El mismo hueco.
La misma impresión de que algo que antes sostenía el edificio completo ya no está donde debería estar.
Lo peor es que ya casi no recuerdo la forma original.
Esa es la parte que más miedo da.
No la ausencia.
La erosión.
El hecho de que cada día resulte un poco más difícil recordar cómo estaba construido todo antes de que faltara esa pieza.
Intento reconstruirlo.
Intento imaginarme a mí mismo antes.
Intento recordar cómo se sentía una tarde cualquiera.
Una comida cualquiera.
Una ducha cualquiera.
Y los recuerdos siguen ahí.
Pero algo los atraviesa.
Como una grieta.
Como una contaminación lenta.
Como si todas las experiencias recientes hubieran sido archivadas utilizando un sistema que ya no puedo desinstalar.
Incluso los momentos felices.
Sobre todo los momentos felices.
Porque terminan.
Y cuando terminan aparece inmediatamente la comparación.
No una comparación voluntaria.
Una comparación automática.
Una medición.
Un cálculo.
Y el cálculo siempre devuelve el mismo resultado.
Algo falta.
Algo sigue faltando.
Algo ha seguido faltando durante demasiado tiempo.
A veces pienso que si pudiera recordar exactamente cómo era el mundo antes de esta ausencia, todo se resolvería.
Pero cada vez sospecho más que ya no puedo.
Porque la ausencia lleva demasiado tiempo viviendo aquí.
Demasiado tiempo reorganizando conexiones.
Demasiado tiempo moviendo muebles dentro de habitaciones que ni siquiera sabía que existían.
Y ahora ya no sé dónde terminan los cambios.
No sé qué parte de mí la extraña.
No sé qué parte de mí ha sido construida alrededor de ella.
No sé qué parte de mí existía antes.
Solo sé que hay días en los que todo parece funcionar.
Las conversaciones funcionan.
El trabajo funciona.
La comida funciona.
La vida funciona.
Y sin embargo algo permanece ligeramente desplazado.
Un milímetro.
Quizá menos.
Una desviación tan pequeña que nadie podría verla.
Pero suficiente para convertir cada experiencia en una prueba constante de que el mundo continúa incompleto.
Y lo más aterrador no es la ausencia.
Lo más aterrador es empezar a olvidar qué era aquello que ocupaba ese lugar.
No puedo mover el cuello el mecanismo ha ejecutado el atlas con el eje siguiendo el plano de compresión que yo mismo diseñé debería…