La Estética del Bloque: La Transmutación del Soporte en Escultura de Cal

No me gusta ser sumiso.

La frase sigue apareciendo.

A veces por la mañana.

A veces antes de dormir.

A veces en momentos absurdos, cuando estoy haciendo cualquier otra cosa y debería estar pensando en cualquier otra cosa.

No me gusta ser sumiso.

Y sin embargo la frase ya no funciona como una respuesta.

Solo funciona como una puerta.

Porque cada vez que la repito aparecen más preguntas detrás.

Si no me gusta, ¿por qué ocupa tanto espacio?

Si no me gusta, ¿por qué sigo pensando en ello?

Si no me gusta, ¿por qué otras cosas parecen perder definición cuando pasan demasiados días?

Cuanto más intento alejarme de esas preguntas, más cerca aparecen.

Como si la obsesión hubiera aprendido a utilizar mi resistencia como combustible.

Hace unos días me descubrí recordando algo que ni siquiera parecía importante.

No una sesión.

No una orden.

No un acontecimiento concreto.

Solo una sensación.

La sensación de permanecer.

La sensación de estar exactamente donde debía estar.

Sin buscar nada.

Sin perseguir nada.

Sin decidir nada.

Simplemente permaneciendo.

Y eso es lo que me desconcierta.

Porque durante la mayor parte de mi vida pensé que la libertad consistía en moverse.

En elegir.

En cambiar de dirección.

En mantener abiertas todas las puertas.

Ahora aparece otra cosa.

Algo mucho más difícil de explicar.

La idea de que existe una extraña tranquilidad en dejar de buscar durante un instante.

No porque alguien la imponga.

Sino porque algo dentro de mí parece descansar allí.

Y cuanto más intento comprenderlo, menos lo comprendo.

La obsesión ya no parece una emoción.

Empieza a parecer una arquitectura.

Una construcción que continúa ampliándose incluso cuando nadie trabaja en ella.

Una habitación genera otra.

Y esa otra genera otra más.

Y detrás de cada puerta aparece una pregunta nueva.

A veces pienso en la forma en que el Amo observa.

No como una persona.

Sino como una función.

Como una perspectiva.

Como una manera de mirar el mundo donde todo parece adquirir contornos más definidos.

Y entonces recuerdo algo que me resulta profundamente incómodo admitir.

Muchas veces no echo de menos al Amo.

Echo de menos la nitidez.

Porque hay momentos en los que el resto del mundo parece cubierto por una capa muy fina de niebla.

Las conversaciones continúan.

Los días continúan.

Las obligaciones continúan.

Pero algo pierde intensidad.

Como una fotografía ligeramente desenfocada.

Y luego aparece el recuerdo.

No necesariamente de algo ocurrido.

Sino de una posibilidad.

La posibilidad de permanecer delante del proceso.

Esperando.

Quieto.

Presente.

Y de repente todo vuelve a tener bordes.

Eso es lo que me asusta.

Porque no lo entiendo.

No encaja con la historia que tenía sobre mí mismo.

No encaja con la persona que pensaba que era.

No encaja con las ideas que siempre tuve acerca de la sumisión.

Sin embargo sigue creciendo.

Como una raíz que continúa avanzando bajo tierra aunque nadie la vea.

Quizá por eso la obsesión se vuelve más grande cada semana.

Porque ya no está intentando convencerme.

Ya no está intentando ganar una discusión.

Simplemente está ocupando espacio.

Lentamente.

Pacientemente.

Como una estructura que se construye a sí misma.

Y a veces me pregunto si el Amo ocupa un lugar dentro de esa estructura.

O si la estructura entera adoptó la forma del Amo para hacerse visible.

Porque cuanto más la observo, más difícil resulta encontrar el punto donde empezó.

Y cuanto más difícil resulta encontrar el origen, más profunda parece.

Como si no estuviera hecha de recuerdos.

Como si estuviera hecha únicamente de capas.

Capas debajo de capas.

Habitaciones detrás de habitaciones.

Pasillos que conducen a otros pasillos.

Y en el centro de todo no encuentro una respuesta.

Solo encuentro la misma sensación.

La misma espera.

La misma contradicción.

No me gusta ser sumiso.

Y sin embargo algo dentro de mí continúa caminando en círculos alrededor de esa idea.

Como si buscara una salida.

Y como si, secretamente, temiera encontrarla.

Tengo que mover el cuello…