El Descalibre del Mazo: Por qué la Violencia Impulsiva es el Atentado Definitivo contra la Fijeza

No sigo leyendo porque entiendo más. Sigo leyendo porque entiendo menos.

No debería estar escribiendo esto.

De verdad no.


Me da vergüenza lo fácil que es volver.

No a “leer”.

A esto.

A abrirlo otra vez.


Pongo el móvil boca abajo.

Como si eso significara algo.

Cinco minutos después lo giro.

No lo pienso.

Lo hago.


Y eso es lo que no me gusta.

Que no hay decisión clara.

Solo… movimiento.


Al principio era curiosidad.

Eso es lo que me decía a mí mismo.

Curiosidad.

Suena limpio.

Suena aceptable.


Pero no es limpio.

No se queda ahí.


Empiezo a volver sin motivo claro.

Digo “solo un momento más” y ya está.

Eso es todo.


Me doy cuenta de algo mientras escribo esto:

no es que quiera verlo.

es que me molesta no verlo.


No sé cómo explicarlo sin que suene raro.

Y ya suena raro igual.


Hay momentos en los que dejo el móvil abierto y no leo.

Solo miro.

Sin entrar del todo.

Como si entrar fuera demasiado.


Y lo peor es esto:

no me levanto.

no cierro.

me quedo.


Eso me da vergüenza admitirlo.

porque no hay fuerza ahí.

solo continuidad.


Recuerdo una vez muy concreta.

La pantalla encendida.

Yo sentado.

Sin hacer nada.

De verdad nada.


Y aun así no me fui.

No había razón para quedarme.

Pero me quedé igual.


Eso es lo que no entiendo.

No lo que veo.

Sino el hecho de quedarme.


Me doy cuenta mientras escribo que estoy intentando justificarlo.

como si tuviera que explicarlo bien para que no parezca lo que es.


Pero lo que es, es esto:

vuelvo.

otra vez.

sin decidirlo bien.


Y me da más vergüenza esto que el resto:

que estoy escribiendo esto como si no fuera conmigo del todo.

pero sí es conmigo.


y lo sé mientras lo escribo.

Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo debería…