El Peso del Desborde: Mi Anatomía como Cimiento del Exceso Legislado

Lo que nunca consigo explicar no es el exceso.

Es mi necesidad de permanecer cerca de él.

Si fuera simplemente placer, resultaría fácil.

Si realmente disfrutara de todo esto de la manera en que una persona disfruta una preferencia evidente, no existiría conflicto alguno.

Pero el conflicto está ahí.

Siempre.

No me gusta perder el control.

No me gusta sentir que algo en mí está siendo examinado.

No me gusta descubrir que existen límites que todavía no conocía.

No me gusta la sensación de estar delante del Amo mientras el proceso continúa desarrollándose sin que yo sepa exactamente dónde terminará.

Y, sin embargo, cuanto más me alejo de esa imagen, más vuelve.

Como una pregunta que se niega a desaparecer.

Quizá por eso el Marqués de Sade sigue resultándome tan perturbador.

No por el exceso.

No por el escándalo.

No por la crueldad.

Sino porque parecía comprender que existen experiencias que una persona persigue incluso cuando no consigue disfrutarlas de forma sencilla.

Experiencias que se convierten en problemas.

Problemas que terminan transformándose en obsesiones.

Y mi obsesión nunca ha sido la sumisión.

Mi obsesión siempre ha sido el final.

Hay momentos en los que imagino al Amo trabajando sobre el procedimiento con una paciencia casi arquitectónica.

Corrigiendo.

Ajustando.

Esperando.

Como si él conociera algo que yo todavía no conozco.

No estoy pensando en obedecer.

No estoy pensando en rendirme.

Estoy pensando en llegar.

Estoy pensando en descubrir qué ocurre cuando el proceso concluye completamente.

Qué permanece.

Qué desaparece.

Qué versión de mí continúa existiendo después.

La excitación aparece entonces de una forma extraña.

Casi irritante.

Porque no parece obedecer a mi lógica.

No aparece cuando la llamo.

No desaparece cuando la rechazo.

Aparece mientras sigo formulando objeciones.

Aparece mientras sigo pensando que debería abandonar la idea.

Aparece mientras sigo insistiendo en que nada de esto tiene sentido.

Y precisamente por eso se vuelve tan difícil ignorarla.

Porque no parece responder a mis argumentos.

Parece responder a una curiosidad más profunda.

A una sospecha.

A la sensación persistente de que todavía existe una parte del mecanismo que no he comprendido.

Como si el verdadero significado del proceso permaneciera escondido en sus últimos metros.

Como si todo lo anterior fuera únicamente preparación.

Como si la respuesta estuviera siempre un poco más adelante.

Un ajuste más.

Un instante más.

Una etapa más.

Y entonces comprendo algo que resulta incómodo admitir.

No estoy esperando placer.

No estoy esperando alivio.

No estoy esperando aprobación.

Estoy esperando comprensión.

Necesito saber por qué una experiencia que racionalmente cuestiono sigue ocupando espacio dentro de mí.

Necesito entender por qué la imagen del Amo trabajando en silencio continúa regresando incluso cuando todo ha terminado.

Necesito descubrir qué estoy buscando realmente cuando imagino el final.

Y mientras esa pregunta continúe abierta, seguiré mirando en la misma dirección.

No porque ame la sumisión.

Sino porque todavía sospecho que al final del proceso existe una respuesta que aún no he conseguido alcanzar.

El cuello debería…