La Geodesia de la Retracción Dorsal: Auditoría de la Atadura de Manos a la Espalda, la Tensión y la Cal sobre el Soporte

La tensión no desaparece cuando las manos quedan inmovilizadas detrás de la espalda.

Hace algo más extraño.

Empieza a mudarse.

Primero está en los hombros.

Después aparece entre los omóplatos.

Más tarde parece instalarse en los codos, como si hubiera decidido probar distintos lugares antes de quedarse en ninguno.

Pensé que la parte importante sería no poder mover las manos.

No lo es.

La parte importante es descubrir cuántas cosas hacía con ellas sin darme cuenta.

Rascarme la nariz.

Ajustar una manga.

Tocar cualquier objeto mientras pienso en otra cosa.

De pronto todo eso desaparece.

Y el cuerpo sigue buscándolo.

Hay un instante en que intento flexionar los dedos.

No porque espere liberarme.

Solo para comprobar que siguen ahí.

Es una tontería.

Cinco minutos después vuelvo a hacerlo.

Las muñecas conocen la respuesta mucho antes que yo.

La presión permanece estable.

Ni más fuerte ni más débil.

Simplemente está.

Como el zumbido lejano de un aparato que llevas años oyendo y al que solo prestas atención cuando alguien lo menciona.

La habitación tiene una pequeña grieta sobre el marco de la puerta.

No sé cuándo empecé a mirarla.

Ahora la conozco mejor de lo que debería.

La línea se divide en dos cerca del final.

La rama más corta se curva ligeramente hacia arriba.

Nunca me había interesado una grieta.

Ahora podría dibujarla de memoria.

Eso debería preocuparme más.

La postura sigue reorganizando el cuerpo.

No es inmovilidad.

Es negociación.

Los hombros intentan colocarse de otra manera.

El cuello busca una posición mejor.

La espalda propone soluciones absurdas.

Ninguna funciona durante mucho tiempo.

Y aun así no deja de intentarlo.

A veces me sorprendo pensando que ya me he acostumbrado.

Entonces noto un punto concreto de presión y descubro que no era verdad.

Solo me había olvidado de él durante unos segundos.

Hay algo casi ridículo en eso.

La mente habla de entrega.

El cuerpo sigue haciendo inventario.

La atadura no borra esas pequeñas reacciones.

Las vuelve más visibles.

Al otro lado de la pared alguien deja caer algo.

No parece importante.

Un objeto pequeño.

Plástico, quizá.

El ruido dura menos de un segundo.

Sin embargo paso varios minutos preguntándome qué fue.

No llego a ninguna conclusión.

El sonido se queda conmigo más tiempo que el objeto.

La verdad es que no siento que me haya convertido en piedra.

La piedra no presta atención.

La piedra no cuenta respiraciones.

La piedra no descubre que uno de sus dedos está ligeramente más frío que los demás.

Yo sí.

Y sigo volviendo a ese detalle.

No sé por qué.

El dedo índice de la mano derecha parece distinto.

Solo ese.

Los demás están bien.

Intento ignorarlo.

Un rato después sigo pensando en el mismo dedo.

Quizá eso sea lo que permanece al final.

No una gran revelación.

No una verdad mineral.

Solo una sucesión de cosas pequeñas que se vuelven enormes porque no hay manera de apartarlas.

La grieta sobre la puerta.

El ruido al otro lado de la pared.

La presión constante en una muñeca.

El dedo que no consigo dejar de notar.

Y el extraño descubrimiento de que el cuerpo sigue reorganizándose mucho después de que la posición haya dejado de cambiar.

El cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…