No sé en qué momento esto dejó de ser curiosidad.
Empezó como algo pequeño, casi sin importancia: un impulso por mirar, por leer, por entender qué había detrás de ciertas palabras, ciertas imágenes, ciertas ideas. Me decía a mí mismo que era solo información. Solo exploración. Solo ruido.
Pero el problema no era lo que veía.
Era lo que pasaba después.
Ese segundo extraño en el que cierro el contenido… y no se cierra dentro de mí.
Como si algo se quedara abierto.
Como si el cuerpo tardara más que la mente en entender que ya he parado.
Y ahí aparece la contradicción.
Porque debería parar.
Pero no paro.
Lo vuelvo a abrir.
No para buscar algo nuevo exactamente, sino para volver a sentir ese punto extraño donde la atención cambia de forma, donde el interés deja de ser limpio y se vuelve insistente, casi físico.
Y lo peor es que empieza a ocupar espacio.
No es solo pensamiento.
Es presencia.
Hoy he vuelto a leer cosas que “no debería” haber vuelto a leer. Y mientras lo hacía, notaba el cuerpo más consciente de sí mismo de lo normal. El cuello, la respiración, la forma en la que me quedo quieto sin darme cuenta.
Como si la atención no estuviera solo en la pantalla, sino también en cómo reacciono a mí mismo mientras la miro.
Y eso es lo que me desordena.
Porque la excitación no aparece como algo claro.
Aparece mezclada con incomodidad.
Con una especie de vergüenza suave, difícil de nombrar.
Y aun así, sigue creciendo.
A veces siento la mano sobre el cuello en las imágenes o en las descripciones, y no es tanto la idea en sí, sino el efecto que deja después: ese instante en el que noto mi propia respiración como si fuera algo que estoy observando desde fuera.
No es miedo.
No exactamente.
Es una atención que se vuelve demasiado intensa para ser neutral.
Y cuanto más intento entenderlo, más lo vuelvo a buscar.
Como si la curiosidad fuera empujada por la misma tensión que debería detenerla.
Como si cada “esto no debería interesarme” lo convirtiera en algo más difícil de soltar.
Ahora me doy cuenta de que el problema no es lo que miro.
Es que ya no sé cuándo empecé a mirarme a mí mismo mientras lo hacía.
Y en ese doble nivel algo cambia.
Porque el cuerpo reacciona antes que la idea.
Y la idea llega tarde, intentando explicar algo que ya ocurrió.
Siento otra vez esa repetición interna:
no debería estar aquí
pero estoy
solo un momento más
solo para comprobar
y ese “comprobar” es siempre la trampa.
Porque no aclara nada.
Solo abre otra vez el ciclo.
Y mientras escribo esto, noto algo peor:
la curiosidad ya no viene antes de la excitación.
La excitación la está empujando.
Y la curiosidad solo intenta seguirla, como si ya no tuviera dirección propia.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo debería…