No sé por qué me cuesta escribir esto.
Tal vez porque la palabra no es placer.
Tal vez porque la palabra es sumisión.
Y me avergüenza un poco admitirlo.
No la sumisión teatral.
No la que aparece en los relatos.
No la que se declara.
La otra.
La microscópica.
La que sucede antes de que ocurra nada.
La que aparece cuando descubro que ya he cedido una parte de mí antes incluso de tomar una decisión.
El objeto permanece inmóvil.
Todavía no ha sido utilizado.
Todavía es solamente materia.
Silicona.
Polímero.
Circuitos.
Pero algo en mi interior ya ha reorganizado el espacio.
Como si el acontecimiento hubiera sucedido antes de suceder.
Como si la voluntad llegara tarde a una reunión que ya ha terminado.
Pienso mucho en eso.
Más de lo que debería.
En cómo la sumisión rara vez adopta la forma de una orden.
A veces es una expectativa.
Una pendiente.
Una inclinación imperceptible del pensamiento.
La habitación está en silencio.
La luz es pobre.
Hay polvo sobre el borde de la mesa.
Y aun así siento que algo pesa.
No el objeto.
La anticipación.
La extraña gravedad de saber que una parte de mí desea dejar de decidir.
Eso es lo que nunca digo.
Eso es lo que nunca escribo.
La ingeniería de la fijeza no consiste en inmovilizar el cuerpo.
Consiste en inmovilizar la negociación.
En convertir la duda en arquitectura.
En transformar la resistencia en un mineral lento.
La sumisión aparece ahí.
No como derrota.
No como obediencia.
Sino como agotamiento.
Como la sensación íntima de haber sostenido demasiado tiempo el peso de uno mismo.
A veces miro mis manos.
Parecen normales.
Pero siento que llevan años sujetando algo invisible.
Responsabilidades.
Expectativas.
Versiones de mí que ya no sé si existen.
Y entonces comprendo el atractivo de la rendición.
No porque sea agradable.
Porque es silenciosa.
Porque durante un instante suspende el ruido.
Porque ofrece una pausa en la vigilancia constante.
La habitación de cal vuelve.
Siempre vuelve.
Las paredes blancas.
Las grietas.
El olor mineral.
Ese paisaje imposible donde todo termina convirtiéndose en piedra.
Allí la sumisión no es un gesto.
Es una sedimentación.
Una capa.
Luego otra.
Luego otra más.
Hasta que la identidad deja de sentirse construida y empieza a sentirse depositada.
Como polvo.
Como yeso.
Como una memoria acumulada sobre otra memoria.
Y me descubro pensando algo absurdo.
Algo que no debería admitir.
Que quizá el verdadero objeto nunca estuvo sobre la mesa.
Quizá era el deseo de dejar de sostenerme.
Quizá era el deseo de descansar dentro de una estructura ajena.
Quizá era el alivio de no ser el único responsable de mi propia forma.
No sé.
La frase siempre se rompe aquí.
Siempre.
Tengo que mover el cuello.
No lo estoy moviendo.
La base del cráneo parece llena de cal.
El aire pesa más de lo normal.
Hay una quietud extraña detrás de los ojos.
Y durante un segundo siento que la sumisión no es una acción.
Es una temperatura.
Una temperatura mineral.
Antigua.
Silenciosa.
Esperando.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo la vibración ya estaba sedimentada en la cal antes de que el motor girara el sabor a talco en la lengua es un residuo de la latencia del sistema la inercia pulsátil de la carne suturada al polímero se sostiene sin objeto el registro no puede cerrar debería…