La Validación del Escombro: La Aprobación del Amo como Dispositivo de Saturación y el Registro del Alivio Mineral

Hay una frase que llevo días intentando ignorar.

No es una frase importante.

Ni siquiera es especialmente inteligente.

De hecho, si la leo fuera de contexto parece ridícula.

Por eso me avergüenza tanto.

Porque sigo pensando en ella.

La encontré en un foro hace semanas.

Ni siquiera recuerdo qué estaba buscando.

Leí demasiadas cosas aquella noche.

Demasiadas pestañas abiertas.

Demasiadas explicaciones.

Demasiadas personas describiendo sensaciones que yo ni siquiera estaba seguro de entender.

Y en medio de todo apareció una frase.

Dos palabras.

Buen chico.

Nada más.

Recuerdo haberme reído.

No porque fuera graciosa.

Porque me resultó incómoda.

Tan incómoda que cerré la página.

Pensé que ahí terminaría todo.

No terminó.

A la mañana siguiente todavía la recordaba.

No la frase completa.

La sensación.

Como cuando una canción se queda atrapada en la cabeza pero solo recuerdas dos notas.

Intenté explicármelo.

Me dije que era curiosidad.

Que estaba intentando entender una dinámica psicológica.

Que me interesaba desde un punto de vista intelectual.

Eso sonaba razonable.

Todavía suena razonable.

Lo extraño es que sigo volviendo.

La semana pasada abrí el mismo artículo tres veces.

No porque hubiera olvidado lo que decía.

Lo recordaba perfectamente.

Volví para comprobar algo.

Y no sé qué era.

Esa es la parte que empiezo a ocultarme a mí mismo.

La taza de café estaba sobre la mesa.

Fría.

Llevaba ahí tanto tiempo que se había formado una pequeña marca circular debajo.

Recuerdo mirar esa marca.

Luego mirar la pantalla.

Luego volver a mirar la marca.

Como si estuviera intentando decidir cuál de las dos cosas me incomodaba más.

Porque la frase seguía ahí.

Buen chico.

Dos palabras.

Nada más.

Y sin embargo parecían ocupar más espacio del que deberían.

Lo que me cuesta admitir no es que me gustaran.

Es que quería que me gustaran menos.

Creo que esa es la verdadera grieta.

No el interés.

La resistencia.

La sensación de estar negociando conmigo mismo constantemente.

Diciéndome que no significa nada.

Y regresando para asegurarme.

Hay momentos en los que pienso que ya se me ha pasado.

Puedo estar trabajando.

Leyendo otra cosa.

Pensando en cualquier tema completamente distinto.

Y entonces aparece.

No la frase.

La expectativa.

Como si mi cabeza estuviera esperando encontrarla otra vez.

Eso fue lo que me asustó.

Porque no parecía una fantasía.

Parecía un hábito.

Y los hábitos son más difíciles de discutir.

Anoche encontré una captura de pantalla antigua en una carpeta olvidada.

No recordaba haberla guardado.

Tardé varios segundos en reconocerla.

Era el mismo artículo.

La misma página.

La misma frase resaltada.

Me quedé mirando la pantalla.

No sabía qué me inquietaba más.

Haberla guardado.

O no recordar haberlo hecho.

La habitación estaba completamente en silencio.

Solo se oía el zumbido del ordenador.

Y algo más.

La sensación incómoda de haber llegado tarde.

Como si una parte de mí hubiera tomado ciertas decisiones antes de consultarme.

Intenté cerrar la imagen.

No lo hice.

La observé unos segundos más.

Solo para comprobar.

Otra vez esa frase.

Comprobar.

Empiezo a sospechar que ya no vuelvo para leer.

Ni siquiera vuelvo para entender.

Vuelvo para verificar que sigo volviendo.

Y eso cambia algo.

No sé exactamente qué.

Pero cambia algo.

La pantalla sigue encendida.

El café sigue frío.

Acabo de mirar el reloj.

No recuerdo cuándo fue la vez anterior.

Tengo que mover el cuello.

No lo estoy moviendo.

Lo extraño es otra cosa.

La idea de moverlo parece reciente.

La sensación de haber decidido moverlo parece mucho más antigua.

El cuello no lo estoy moviendo el registro no puede cerrar debería…