Hay algo que me cuesta admitir incluso cuando estoy solo.
No es que piense constantemente en una persona concreta.
Es peor.
Porque ni siquiera existe una persona concreta.
Y aun así ocupa espacio.
Al principio todo era bastante simple.
Leía cosas.
Historias.
Experiencias.
Foros.
Comentarios.
Gente hablando de dinámicas que no entendía demasiado bien.
Y yo lo miraba desde fuera.
Como quien observa algo raro.
Algo lejano.
Algo que no tiene nada que ver contigo.
Pero después empezó a pasar algo incómodo.
Dejé de prestar atención únicamente a lo que hacían las personas.
Empecé a prestar atención a cómo hablaban.
A las palabras que utilizaban.
A las formas de describir ciertas sensaciones.
A los pequeños detalles.
Y entonces apareció una pregunta que todavía no sé responder.
¿Por qué sigo pensando en esto cuando cierro la pantalla?
Porque ahí es donde cambia todo.
Mientras leo, tiene sentido.
Estoy leyendo.
Estoy investigando.
Estoy aprendiendo algo nuevo.
Pero después cierro el portátil.
Voy a la cocina.
Me preparo un café.
Intento seguir con mi día.
Y el tema sigue ahí.
Quieto.
Esperando.
No son fantasías claras.
No son escenas.
No son imágenes concretas.
Es algo más difícil de explicar.
Es la sensación de que una idea ha empezado a construir una habitación dentro de mi cabeza.
Y cada vez ocupa un poco más de espacio.
A veces me sorprendo imaginando conversaciones que nunca han ocurrido.
Situaciones que ni siquiera son especialmente sexuales.
Solo conversaciones.
Instrucciones.
Presencia.
Atención.
Y cuando me doy cuenta de lo que estoy pensando siento una vergüenza inmediata.
Porque parece absurdo.
Nadie me ha pedido que piense en ello.
Nadie sabe que estoy pensando en ello.
Nadie me está observando.
Y aun así sigo volviendo.
Creo que eso es lo que más me inquieta.
La facilidad con la que vuelve.
La naturalidad.
La forma en que aparece mientras estoy haciendo cosas completamente normales.
Estoy trabajando.
Y aparece.
Estoy caminando.
Y aparece.
Estoy intentando dormir.
Y aparece.
No como una orden.
No como una necesidad.
Sino como una pregunta que se niega a desaparecer.
Si alguien me preguntara qué estoy buscando exactamente, no tendría una respuesta.
Porque cada vez que creo haber encontrado la respuesta aparece otra pregunta detrás.
Y luego otra.
Y luego otra.
La curiosidad debería agotarse.
Eso es lo normal.
Aprendes algo.
Lo entiendes.
Y sigues adelante.
Aquí pasa lo contrario.
Cuanto más leo, más curiosidad siento.
Cuanta más curiosidad siento, más tiempo le dedico.
Cuanto más tiempo le dedico, más presente está.
Y cuanto más presente está, más difícil resulta explicarlo.
Eso es lo que no cuento.
No la excitación.
No la fantasía.
No el contenido.
Lo que no cuento es que empiezo a sospechar que me interesa más de lo que debería.
Y todavía no sé por qué.
Tengo que mover el cuello…