La Estética del Colapso: La Compresión de la Identidad en el Laboratorio de Cal

No me gusta ser sumiso.

La frase sigue siendo cierta.

La repito constantemente porque todavía necesito comprobarlo.

Todavía necesito saber que sigue ahí.

Como una piedra de referencia en mitad de una niebla cada vez más espesa.

No me gusta ser sumiso.

No me gusta el dolor.

No me gusta la dependencia.

No me gusta la espera.

No me gusta levantarme por la mañana y descubrir que una parte de mi atención sigue detenida exactamente en el mismo lugar donde estaba hace cinco días.

Y sin embargo ocurre.

Eso es lo que ya no consigo explicar.

Porque la contradicción no desaparece.

Se vuelve más grande.

Antes pensaba que una contradicción terminaba resolviéndose.

Una parte gana.

La otra pierde.

Pero esto no funciona así.

Ahora las dos partes parecen crecer al mismo tiempo.

Cuanto más rechazo todo esto.

Más espacio ocupa.

Cuanto más espacio ocupa.

Más difícil resulta ignorarlo.

Cuanto más difícil resulta ignorarlo.

Más presente se vuelve.

Y cuanto más presente se vuelve.

Más absurdo parece.

A veces intento recordar quién era antes.

No de forma dramática.

No como alguien que ha sufrido una transformación.

Simplemente intento recordar cómo se sentía una tarde cualquiera.

Una tarde completamente normal.

Una tarde donde las cosas tenían el tamaño que les correspondía.

El trabajo ocupaba espacio.

Las conversaciones ocupaban espacio.

Las preocupaciones ocupaban espacio.

Los proyectos ocupaban espacio.

Todo parecía existir con una proporción razonable.

Ahora no.

Ahora hay algo extraño.

Como si el sistema de enfoque hubiera sido alterado.

Las cosas siguen ahí.

Pero han perdido nitidez.

No desaparecen.

No dejan de importar.

Simplemente parecen más lejanas.

Más planas.

Más silenciosas.

Mientras otra cosa adquiere una definición insoportable.

Y no entiendo por qué.

Eso es lo que más me perturba.

Porque si comprendiera el mecanismo podría aceptarlo o rechazarlo.

Pero no lo comprendo.

Lo único que sé es que cuando intento observar lo que realmente deseo encontrar aparece una imagen ridículamente simple.

No hay grandes fantasías.

No hay grandes teorías.

No hay explicaciones complejas.

Solo una escena.

Permanecer.

Eso es todo.

Permanecer.

Delante del Amo.

Ajustado por su mano.

Esperando.

Nada más.

Y cuanto más sencilla parece esa imagen más inquietante resulta.

Porque no contiene ninguna respuesta.

No explica nada.

No justifica nada.

Simplemente permanece ahí.

Esperándome.

Como la tercera línea roja en la pared.

Como la marca en el techo.

Como todos esos detalles absurdos que siguen sobreviviendo mientras otras cosas se vuelven borrosas.

Durante estos últimos días he empezado a sospechar algo nuevo.

Quizá la obsesión no está sustituyendo mi identidad.

Quizá está reorganizando la importancia de las cosas.

Quizá no está borrando nada.

Quizá está moviendo el centro psicológico de todo el sistema.

Y cuando eso ocurre, el resto no desaparece.

Simplemente deja de ocupar el lugar principal.

Eso explicaría la sensación.

La extraña pérdida de nitidez.

La impresión de que todo sigue existiendo pero ligeramente desplazado.

Como si una habitación hubiera sido reorganizada mientras yo dormía.

Los muebles siguen presentes.

Las paredes siguen presentes.

Pero algo fundamental ya no está donde estaba.

Y entonces aparece la pregunta.

La misma pregunta.

La pregunta que vuelve una y otra vez.

¿Quién era yo antes de que esto empezara a ocupar tanto espacio?

Intento responderla.

Y descubro algo inquietante.

Cada vez recuerdo menos a esa persona.

No porque desaparezca.

Sino porque la distancia aumenta.

Como una ciudad observada desde la ventana de un tren.

Todavía está allí.

Todavía existe.

Pero cada kilómetro vuelve más difícil distinguir los detalles.

Y mientras esa versión de mí se aleja lentamente, otra cosa sigue acercándose.

No el Amo.

No exactamente.

Sino la espera.

La espera como estado.

La espera como lugar.

La espera como una habitación interior donde una parte de mí permanece sentada, inmóvil, observando una puerta cerrada.

No sabe cuándo se abrirá.

No sabe qué ocurrirá después.

No entiende por qué sigue allí.

Pero tampoco se marcha.

Porque algo dentro de él sigue convencido de que la puerta terminará abriéndose.

Y cuanto menos entiende por qué permanece sentado frente a ella…

Más imposible parece levantarse.

Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…