El cuello
Hay algo ridículo en admitir esto.
Porque ni siquiera sé por qué me fijé en ello.
De todas las cosas que podría haber visto, leído o recordado, terminé obsesionándome con algo tan concreto como un cuello.
No el mío.
Bueno.
También el mío.
Pero eso vino después.
Al principio aparecía en vídeos.
En fotografías.
En relatos.
Y ni siquiera era el centro de la escena.
A veces estaba leyendo otra cosa y de pronto me daba cuenta de que llevaba varios minutos mirando exactamente el mismo detalle.
Una mano.
Una postura.
La forma en que alguien inclinaba la cabeza.
Nada más.
Lo extraño es que no entendía qué estaba buscando.
Porque si alguien me hubiera preguntado directamente, no habría sabido responder.
Todavía no sé responder.
Recuerdo cerrar una pestaña y abrir otra.
Y luego otra.
Todas distintas.
Todas parecidas.
Como si estuviera buscando algo específico sin saber qué era.
Me decía que era curiosidad.
Y seguramente lo era.
Al principio.
Pero la curiosidad normalmente desaparece cuando encuentras la respuesta.
Esto hizo lo contrario.
Cada respuesta generaba otra pregunta.
Cada imagen generaba otra búsqueda.
Cada relato me dejaba con la sensación incómoda de que todavía faltaba algo.
Empecé a reconocer patrones.
Eso fue peor.
Porque significaba que estaba prestando atención.
Mucha más atención de la que quería admitir.
De repente me encontraba leyendo comentarios.
Buscando explicaciones.
Leyendo experiencias de desconocidos.
Intentando descubrir qué veían ellos.
Qué encontraban ahí.
Qué era eso que yo también estaba empezando a notar.
Y cuanto más leía, más raro me sentía.
No más tranquilo.
Más raro.
Porque la excitación empezó a mezclarse con algo que no sabía nombrar.
No era solo deseo.
No era solo fantasía.
Me avergüenza escribir eso.
Porque suena absurdo.
Pero es verdad.
Había noches en las que me decía que ya estaba.
Que había leído suficiente.
Que era una curiosidad pasajera.
Y media hora después me encontraba otra vez buscando.
Otra vez leyendo.
Otra vez intentando entender.
Lo que no entendía era por qué seguía volviendo.
Esa era la pregunta.
No qué estaba viendo.
Sino por qué no podía dejar de verlo.
Y creo que ahí empezó el problema.
Porque dejó de ser un tema.
Y empezó a convertirse en un lugar.
Un sitio mental al que regresaba cada vez más a menudo.
Sin decidirlo del todo.
Si pudiera explicar qué buscaba exactamente, probablemente me preocuparía menos.
Pero sigo sin poder hacerlo.
Solo sé que algo tan pequeño como la forma en que alguien inclina la cabeza empezó ocupando unos segundos.
Y ahora ocupa mucho más espacio del que me gusta admitir.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…