Hay mañanas en las que despierto completamente convencido de que se ha terminado.
No es una emoción.
Es una conclusión.
Abro los ojos.
Miro el techo.
Y durante unos segundos todo parece evidente.
No quiero ser sumiso.
No me gusta sentirme así.
No me gusta comprobar cuánto espacio ocupa esto dentro de mi cabeza.
No me gusta descubrir que una parte de mi vida gira alrededor de una espera que ni siquiera comprendo.
Entonces empiezo a razonarlo.
Como si estuviera resolviendo un problema.
Repaso los argumentos.
Los enumero.
Los organizo.
Me digo que no tiene sentido.
Me digo que he exagerado.
Me digo que hay otras cosas.
Trabajo.
Responsabilidades.
Personas.
Proyectos.
Una vida entera fuera de esa órbita.
Y durante unos instantes lo creo.
De verdad lo creo.
Luego ocurre.
Siempre ocurre.
No sé exactamente cuándo.
No sé exactamente cómo.
Pero mi mente se desplaza.
Sin esfuerzo.
Sin permiso.
Como una aguja encontrando el norte.
Y vuelvo allí.
No al encuentro.
Ni siquiera a él.
Vuelvo al proceso.
A la espera.
A esa imagen imposible de mí mismo inmóvil frente a él.
No haciendo nada.
No demostrando nada.
No intentando ser nada.
Solo permaneciendo.
Como si toda mi función consistiera en durar lo suficiente para que algo pudiera completarse.
Y ahí aparece la tristeza.
No una tristeza convencional.
No una tristeza que pueda explicarse.
Si estuviera deprimido podría entenderlo.
Si estuviera sufriendo podría nombrarlo.
Pero esto es diferente.
La vida sigue funcionando.
Sigo riéndome.
Sigo trabajando.
Sigo hablando con la gente.
Sigo haciendo todo lo que se supone que debo hacer.
Y aun así algo pierde definición.
Como una fotografía ligeramente desenfocada.
Las cosas siguen estando ahí.
Pero parecen menos densas.
Menos importantes.
Menos reales.
Mientras que la espera adquiere cada vez más detalle.
Cada vez más textura.
Cada vez más peso.
Las semanas anteriores al encuentro son las peores.
O las mejores.
Todavía no sé cuál de las dos cosas.
Cada día intento recuperar distancia.
Cada día concluyo que he recuperado distancia.
Y cada día esa distancia dura menos.
Al principio podía sostenerla durante horas.
Luego durante una mañana.
Luego durante unos minutos.
Ahora a veces dura apenas unos segundos.
El razonamiento se vuelve más corto.
La conclusión se vuelve más larga.
Y el proceso del Amo ocupa cada vez más territorio.
A veces recuerdo la forma en que pronuncia los números.
No los números.
La forma.
La precisión.
La ausencia de prisa.
La manera en que cada cifra parece existir antes de ser pronunciada.
Como si simplemente estuviera retirando una tela para mostrar algo que ya estaba allí.
Y entonces comprendo algo que me incomoda profundamente.
Quizá la obsesión no sea él.
Quizá tampoco sea la sumisión.
Quizá sea la sensación de convertirme lentamente en una versión de mí mismo ajustada para ese proceso.
Una versión más silenciosa.
Más simple.
Más precisa.
Una versión cuya única tarea consiste en permanecer.
Hasta el final.
Hasta que la secuencia termine.
Hasta que el último número encuentre su lugar.
Hasta que su voz deje de necesitarme.
Y lo más inquietante de todo es que cuanto más intento escapar de esa idea…
Más perfecta parece.
Más inevitable.
Más cercana.
Como si una parte de mí ya hubiera comenzado a llegar mucho antes que el resto.
Como si el encuentro todavía no hubiera ocurrido.
Y sin embargo algo dentro de mí ya estuviera allí.
Esperando.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…