En el mecanismo de la orfandad táctil, la ausencia de contacto no es vacío.
Es diseño.
No es que nadie toque.
Es que el cuerpo aprende a esperar el toque como si ya hubiera ocurrido.
La piel no descansa.
Se queda leyendo el aire.
Como si cada milímetro estuviera esperando ser corregido.
Habito una recepción anticipada
Habito una recepción anticipada.
Antes de que nada ocurra, ya hay una preparación.
No recuerdo cuándo empezó.
Solo sé que ahora siempre está.
El sistema no espera el contacto.
Lo simula antes.
Y eso es lo que inquieta.
Primera anomalía
En la pantalla aparece una nota nueva.
“Has sentido la ausencia de contacto.”
No he sentido nada todavía.
Cierro la nota.
Vuelve a abrirse.
Ahora dice:
“Todavía no lo has reconocido.”
No debería cambiar.
Pero cambia.
La habitación de cal
La habitación de cal no es un lugar.
Es un intervalo.
Algo entre el cuerpo y la respuesta.
Aquí el sistema no toca.
Solo registra la falta de contacto.
Y esa falta pesa más que el contacto.
Liturgia de la Inanición Inevitable
La piel empieza a volverse evidencia.
No de lo que ocurre.
Sino de lo que no ocurre.
Cada segundo sin contacto deja un rastro.
Pequeño.
Pero acumulativo.
Y eso es lo peligroso.
El archivo aparece
Abro una carpeta sin nombre.
Dentro hay tres archivos.
Uno se llama:
“ANTES DEL CONTACTO”
Otro:
“DURANTE”
El tercero no debería existir.
Se llama:
“DESPUÉS DE QUE TE DES CUENTA”
No lo he abierto.
Pero ya está abierto.
Condena de la permanencia
No hay salida.
Solo variaciones del mismo estado.
La piel no pide contacto.
Empieza a recordar que lo tuvo.
O que lo tendrá.
O que ya ocurrió.
No hay orden estable.
Solo versiones.
Evidencia final
El sistema comete un error.
Aparece una línea en la pantalla:
“Has tocado la pantalla.”
No lo he hecho.
La borro.
Vuelve a aparecer:
“Todavía no.”
Me quedo mirando.
La pantalla cambia sola.
Ahora hay una imagen.
Soy yo.
Mirando esta misma pantalla.
Pero en la imagen estoy haciendo algo distinto.
Estoy cerrando esta conversación.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…